El perdón puede existir como un acto de humanidad y reconciliación, pero nunca como un escudo que proteja al verdugo. Los presos políticos y sus familias han sufrido injusticias que no pueden ser ignoradas ni minimizadas. Reconocer su dolor y su resistencia es un deber moral que debe acompañarse siempre de memoria, verdad y dignidad.
No hay perdón que valga si la justicia no se impone frente al verdugo. La impunidad solo perpetúa el abuso y el miedo, mientras que la justicia asegura que los responsables rindan cuentas por sus actos. Un país que aspire a la libertad y a la paz debe equilibrar el perdón con la justicia, porque solo así la memoria se honra y la democracia se fortalece.






