Por mucho tiempo, los demócratas cometimos el error de abandonar el aula como espacio de defensa de la libertad, reconociendo con humildad que no nos dimos cuenta de la fragilidad de la democracia y no la cuidamos como se cuida a una mujer preñada, un niño o un anciano. Otros ocuparon ese espacio con dogmas, silencios y una pedagogía de sometimiento disfrazada de justicia social. Evidentemente, no fue un descuido menor.
Las escuelas, liceos y universidades han sido y son campos donde se forma la conciencia ciudadana. Allí se aprende a pensar, a disentir o a obedecer, a convivir o a excluir. El maestro Prieto dijo con claridad: «La educación no es un acto mecánico, es un hecho fundamentalmente político y social porque moldea al ciudadano del mañana».
Entonces, si la democracia no se puede defender sola, hay que ir a la escuela a enseñar democracia y libertad. Proponemos una Cátedra de Democracia que reconozca la dignidad humana como límite del poder del Estado.
Rómulo Gallegos entendió que un pueblo sin educación crítica es presa fácil del caudillismo y la arbitrariedad. Y con Gallegos decimos que la escuela no puede ser sumisa y la universidad no puede ser cómplice del silencio. Es necesario formar educadores democráticos que enseñen sin falsificar la historia y ciudadanos sin miedo.
Que enseñen que la democracia es vida real y que los ciudadanos tienen derecho a un futuro libre de un pensamiento único. Sobre todo, cuando pensar distinto vuelve a ser un acto de valentía, podemos decir que la educación democrática es un acto de resistencia al miedo, a la mentira y a la resignación sin esperanza.
Desde la Angostura del Augusto Congreso Libertario de Angostura, y pescando voluntades para la nueva tarea, decimos con Gallegos y Prieto que un pueblo enseñado en libertad puede ser justo, y que sin democracia en el aula no habrá democracia en la República. ¡Nunca más abandonaremos las aulas de la conciencia! 







