Ni para Trump ni para Maduro el margen de maniobra es ilimitado. Un desenlace tendrá que producirse antes de que las condiciones internas de Venezuela y los Estados Unidos se complejicen y profundicen y surja un vector —incluso uno inesperado— que empuje radicalmente el fiel de la balanza hacia uno de los dos lados de la contienda. Y el ganador se lleve todo lo que políticamente está en juego.
El tiempo es un vector que oscila su filo amenazante sobre las cabezas de ambos jefes de gobierno, envueltos en una pugna que ha dejado ver, cada vez con mayor nitidez, que la apuesta es por la supervivencia política. La posibilidad de un final de ganancias compartidas y en el que ambos resultaran solo levemente maltrechos carece de compatibilidad y se hace cada vez más lejana e improbable.
Para Maduro y su más íntimo entorno cupular no hay otro objetivo que pueda sustituir al de la permanencia en el poder. Han demostrado que es lo que cuenta y a lo único que no están dispuestos a renunciar.
En materia económica ya no queda más que ofrecer para apaciguar al águila imperial: petróleo, tierras raras, minerales y campo abierto para todos los negocios. «Todo lo que quieras, Donald, pero no me pidas que me vaya», es una frase que pudiera resumir los ofrecimientos de Maduro que han trascendido a la prensa. Pero eso no encontró eco en la Sala Oval.
En lo que respecta a Trump, el escenario también está marcado por la premura. Le urgen resultados —concretos y notables— a la vista. Necesita desalojar al jefe del régimen venezolano antes de que las resistencias a la acción militar por parte del Partido Demócrata, que esgrime argumentos legales, y el rechazo de la opinión pública norteamericana, incluso de la base republicana más incondicional al presidente, engrose, se consolide y aumente la presión interna, como lo evidencian las encuestas.
Sin el control que hoy tiene sobre ambas cámaras del Congreso, Trump perdería la libertad de acción con la que se ha venido desenvolviendo en su primer año de gobierno, a duras penas limitada por una que otra decisión judicial en los múltiples frentes domésticos e internacionales que mantiene abiertos.
Esto último no es nada distinto a la dinámica histórica de los gobiernos norteamericanos, pero en estos momentos está agitada por confrontaciones continentales, amenazas de guerra entre Rusia y Europa y un nuevo orden mundial en transición.
Para nada extraña, pues, que Trump haya pisado el acelerador en sus acciones contra el régimen venezolano. De las voladuras de presuntas narcolanchas —veintiséis ataques con casi cien ejecuciones— pasó a decretar unilateralmente el cierre del espacio aéreo en la fachada del Caribe y enseguida un bloqueo marítimo que ejecuta su amplio despliegue militar.
El cierre del espacio aéreo ha paralizado los vuelos directos desde y hacia el exterior, aumentando la situación de aislamiento internacional. Pero mayores repercusiones se anuncian tras el bloqueo marítimo bajo cuyo escudo se realizó el abordaje de un tanquero petrolero, con lo cual Trump va directamente contra la yugular económica del «partido-estado-revolución». Por primera vez, la caotización o el colapso del funcionamiento interno se presenta con alta factibilidad a corto o mediano plazo.
No por delirantes dejaron de alarmar —a tirios y troyanos, la verdad sea dicha— las afirmaciones de Trump de venir en reclamo de supuestos despojos petroleros y de activos industriales en un pasado remoto. Cuando se pensaba en alguna formalización de ese anuncio en un discurso a la nación, Trump ignoró el caso venezolano y agregó elementos a la incertidumbre.
En ese marco, Brasil y México se apresuraron a ofrecer sus oficios mediadores, en lo que no hay que extrañar las gestiones del régimen cubano que, a final de cuentas, siempre ha parecido contar con prioridad de atenciones, indulgencias y benevolencias por parte de la izquierda latinoamericana. Se le rinde pleitesía a su franquicia revolucionaria.
Lula bloqueó el ingreso de Venezuela a los Brics, pero propulsó el de Cuba sin democracia y con una economía más reducida que la venezolana. Por su lado, la mandataria mexicana es ahora mismo sostén energético de Cuba, cuya debacle se profundizaría con una caída de Maduro. Sin embargo, ni Da Silva ni Sheinbaum han reconocido la inexistente reelección de Maduro.
Trump y Maduro marchan a contrarreloj, pero para Venezuela, con la capacidad operativa de su industria petrolera venida a menos, quedarse sin salida para su único rubro de exportación significaría trastornos y perjuicios de funcionamiento de toda índole, comenzando por que la crisis social pudiera despegar a niveles impensados. El régimen vería muy mermada su capacidad de resistencia.
Maduro, no obstante, se arroga «el poder, la fuerza y el pueblo» y ordena, en un intento de reverdecer logros originarios, la impresión de 2 millones de ejemplares de la Constitución. ¡Por favor! No se trata de reeditarla, sino de cumplirla, comenzando por el reconocimiento inmediato de la voluntad soberana de los venezolanos expresada en las elecciones del 28 de julio cuando se eligió, como se ha demostrado hasta la saciedad, presidente a Edmundo González Urrutia.
*Lea también: El trabajo de la muerte, por A. R. Lombardi Boscán
Es notorio lo harto difícil que resulta para la población venezolana asimilar en su cotidianidad la eventualidad de una confrontación armada. De hecho, vemos cómo en la medida de lo posible se abre a las festividades de Navidad y fin de año con lo poco que dan los ingresos y lo que resta de normalidad.
Pero sin olvidar que todos los sacrificios hechos por aquellos que quedaron a lo largo de este duro y largo camino, de quienes padecen o han padecido cárcel, exilio o persecuciones, los han entregado fundamentalmente en nombre de la lucha por y para la vida en libertad.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo
TAL CUAL






