Ojalá los hechos marcharan por el carril de lo político con la misma velocidad y sincronía con la que marchan los negocios con el imperio. En esto último no pasa semana en que no venga un funcionario de alto rango, se firmen nuevos pactos y acuerdos —que ahora también involucran toneladas de oro— teniendo como telón de fondo las sonrisas desplegadas de la mandataria interina y el visitante de turno.
Como contrapartida de lo económico hay que destacar que mientras las expectativas de los beneficios petroleros son cada vez mayores, potenciadas ahora con la intervención norteamericana en otro gran productor de crudo como lo es Irán, la crisis social no ha dejado de arreciar: ni el dólar ni la inflación detienen su alza, la capacidad adquisitiva disminuye, crecen las protestas con el reclamo salarial de gremios y sindicatos y se multiplican las personas en situación de calle y los hurgadores de basureros.
Tanqueros van y tanqueros vienen, poco a poco el conflicto bélico en el Medio Oriente hace despegar el precio del petróleo, el gas y otros combustibles —también la gasolina criolla, por cierto— que sale del territorio venezolano y la expectativa es que el producto de esa explotación comience a mitigar la gran crisis social en las que estamos sumidos los venezolanos.
En paralelo, con la cámara en slow motion, va la imprescindible reinstitucionalización del país, cojitranca, insuficiente, engañosa, que si alguien quisiera aplicarle la prueba del ácido bastaría con acudir al “nuevo” Defensor del Pueblo para que se encargue de investigar y castigar los desafueros que el anterior Fiscal General, su alter ego, cometió en más de una década de desquicio ideológico. Imposible desdoblamiento, inverosímil posibilidad de hacer justicia.
Pero lo otro que requiere la reinstitucionalización es que el liderazgo del chavismo resuelva su estado de esquizofrenia, real o fingida, pero que en cualquiera de los dos casos mantiene enrarecido el clima político nacional. Persiste la neurosis y el sofocamiento de los espíritus.
Mientras los Rodríguez piden perdón, reconocen errores y pregonan “un nuevo tiempo político”, el ministro del interior y jefe de la estructura partidista mantiene sus alocuciones televisivas con el mismo nivel de toxicidad, de agresividad y amenazas contra el liderazgo de la oposición mayoritaria. Eso es totalmente contrario al clima de convivencia que, se supone, debe abrirse a partir de la Ley de Amnistía.
Así mismo, mientras María Corina Machado, líder de la oposición que se expresó el 28 de julio para derrotar la intención reeleccionista de Nicolás Maduro, no recibe autorización para regresar al país e impulsar la rearticulación de la estructura partidista que la represión dispersó, Trump pone en escena un nuevo actor político: el excandidato presidencial Enrique Márquez.
El capital político de Márquez es el que, indudablemente, más ha crecido desde las elecciones del 28J. Retó al régimen con su negativa de firmar el pacto —cheque en blanco para un organismo parcializado— que propuso el CNE a los candidatos.
Y lo volvió a hacer ante el TSJ y sus Salas Electoral y Constitucional cuando Maduro las sumó a la tramoya para burlar la decisión de la soberanía popular. Cuando, Constitución en mano, desnudó íntegramente el fraude y arrinconó a sus instituciones envilecidas lo recluyeron durante más de un año en El Helicoide.
Antes había sido diputado, presidente de Un Nuevo Tiempo, vicepresidente de la AN y rector del CNE cuando se impidió el fraude en las elecciones para la gobernación de Barinas. Sin embargo, ninguna de esas actuaciones le había dado tanta figuración como su presencia en el congreso norteamericano durante el Discurso del Estado de la Unión, invitado por Donald Trump. Una estrategia sin duda deliberada.
Márquez, un socialdemócrata a carta cabal, puede convertirse en un actor muy útil para ensanchar el cauce para la pluralidad y democratización del país. Pero de entrada ha quedado en medio de fuego cruzado. Los chavistas condenan su presencia en un acto donde fue condecorado uno de los oficiales miembros de la fuerza interventora del 3E.
Y los opositores critican su expresión asaz “amorosa” para con Rodríguez Zapatero, la figura no nacional que más rechazo concita por sus manejos con el chavismo. De modo que Márquez queda, en este escenario de alta polarización, ubicado en el mero centro de un espacio político que a menudo se ve pulverizado por los polos extremos. Ese será su desafío.
Finalmente, debe estar claro que la reinstitucionalización no caerá en paracaídas enviada por el presidente Trump ni será producto exclusivo de negociaciones por arriba. La sociedad civil deberá impulsarlo de todas las formas cívicas y pacíficas posibles. Hoy se mantiene la lucha por la liberación de los más de quinientos presos políticos, civiles y militares que aún quedan. Y tal vez pronto cobre plena vigencia la frase del recién liberado dirigente Freddy Superlano: “Nos vemos en el asfalto”.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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