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Valencia en sus Cuatrocientos Setenta y Un Años (471), La Metrópolis Olvidada de los Dos Mil Años.

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Crónica de un Centro del Mundo en la Cuenca del Lago de Tacarigua
Por:
Magsc. Miguel José Balza Soto
Cuentan las piedras de Vigirima y los susurros que aún corren por el río Pao, que Valencia no nació cuando un capitán español, en el caso de Don Juan de Villegas, que al trasladar la población y bienes de la que había fundado como San Juan Bautista de Borburata, clavó una espada en su suelo probablemente antes de lo que se conoce como su Fundación como ciudad por Don Alonso Díaz Moreno en 1555.
 Mil quinientos años antes de que el primer caballo pisara estas tierras, nuestro valle ya era el «Km 0» de Suramérica.
En ese sentido objetivo de las ciencias y la investigación,  gracias a la mirada incansable de la Dra. Henriqueta Peñalver Gómez, hoy sabemos que la Cuenca del Lago de Tacarigua no era un paisaje salvaje, sino un hormiguero humano de una sofisticación asombrosa. Los antiguos valencianos, los de la Fase Valencioide, no solo vivían aquí; ellos diseñaron el territorio.
De acuerdo a las investigaciones desarrolladas en la cuenca del Lago de Valencia, en los laboratorios antropológicos de Carabobo y Aragua, con los estudios realizados por la Fundación «Lisandro Alvarado», la Ingeniería del Barro y el Agua, fue la forma de establecer la estructura espacial de los asentamientos indígenas ancestrales, como forma de vida y cotidianidad,
mientras que en Europa se levantaban castillos, en nuestras tierras del sur de Valencia y las riberas del lago, se construían montículos habitacionales, eran islas artificiales de ingeniería perfecta que desafiaban las crecidas de nuestra «Laguna de Tacarigua».
Por su parte, Henriqueta Peñalver nos enseñó que esos montículos no eran solo para dormir; eran centros de poder, cementerios sagrados y talleres de orfebrería.
Lo que quiere decir, que era El Puerto Terrestre del Continente.
¿Qué hacía a nuestra Valencia tan especial para los antiguos? Su ubicación estratégica. Valencia era el nudo donde se amarraban los destinos:
El que venía del mar por los pasos de Vigirima o San Esteban, traía la sal y los caracoles sagrados.
El que subía del Llano por Cojedes, traía las plumas, el aceite y las pieles.
El que viajaba desde los Andes, traía el secreto de la piedra y quizás, noticias de ese «Dios Guerrero» o civilizador que tanto mencionan los mitos de las tierras altas.
Valencia era la «Aduana de la Paz». Por aquí pasaban las piezas de oro que conectaban a los grandes imperios con nuestras islas del Caribe. Nuestra cerámica, esa de ojos rasgados como granos de café la Venus de Tacarigua, viajó por canoa y a pie miles de kilómetros, llevando el sello «Hecho en Valencia» por toda la geografía ancestral.
Un Legado Bajo Nuestros Pies
Hoy, cuando caminamos por el Eje Miguel Peña y Negro Primero, caminos o picas indígenas ancestrales, debemos saber que no estamos inventando el camino estamos despertando una ruta que tiene dos mil años de antigüedad.
La tesis de Peñalver Gómez nos obliga a mirar nuestra ciudad con otros ojos. No somos una periferia; somos herederos de una Confederación de Saberes. Valencia nació siendo centro, nació siendo encuentro y nació siendo el puente que unió al Caribe con el sol de los Andes.

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