Pasados los 100 días de su gobierno, se visualiza una clara estrategia de Delcy Rodríguez por torpedear cualquier avance de transición y ganar tiempo para mantenerse en el poder. Lo hace en medio de un tutelaje gringo más interesado en priorizar la economía que otros asuntos como la reinstitucionalización política, la libertad de los presos políticos y las condiciones de vida de la población.
La encargada de la Presidencia refuerza su estrategia recurriendo a un estilo moderado que esconde su verdadera personalidad autocrática. Ha iniciado una especie de «peregrinación» por todo el país con un mensaje de «paz y convivencia política», pero no es más que un ardid para prolongar su cuestionable mandato a los ojos de los venezolanos.
Al juzgar por las recientes declaraciones de Michael Kozak, alto funcionario de la Oficina de Asuntos para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, hasta ahora sigue firme el plan de Marco Rubio que es el reconocimiento de Delcy y promover inversiones en el área petrolera, gasífera y minera. Lo que pone en duda que se produzca elecciones a corto plazo.
Sin embargo, esta «mutación» de la imagen de Delcy no ha logrado los efectos esperados. Su afán por parecer moderada y amante de la paz no es más que una especie de resiliencia autocrática, tomando en cuenta que aun persisten presos políticos, persecuciones a la disidencia y uso de un lenguaje de odio desde las altas esferas del poder. Delcy intenta ganar tiempo y legitimidad, pero los venezolanos no se comen el cuento.
La calle comienza a calentarse ante el reclamo colectivo de mejores sueldos y reivindicaciones laborales. La aprobada Ley de Amnistía no se cumple en su totalidad y excluye a importantes figuras políticas que representan un cambio significativo en el país como María Corina Machado. La gente está cansada del régimen y aspira un real avance hacia un proceso de transición democrática. Así están las cosas.






