La política reciente en Venezuela padece de un mal terrible: la proliferación de actores que, bajo el disfraz de la prudencia o la moderación, pretenden navegar siempre «entre dos aguas». En un escenario de quiebre institucional y ejercicio autoritario del poder, la ambigüedad calculada se ha convertido en la estrategia de supervivencia de una clase dirigente que «ni es chicha ni limonada» para no perder privilegios con el poder ni simpatías con la ciudadanía.
La literatura es abundante sobre el tema de la indefinición política y evidencia que dicha actitud termina convirtiéndose en una condena al desprecio público. Por ejemplo, Nicolas Maquiavelo, en «El Príncipe», advierte crudamente que la neutralidad es el camino más directo a la ruina. Argumenta que un político solo es estimado cuando se define como un verdadero amigo o un real enemigo. Aquel que intenta quedar bien con dos bandos en pugna termina siendo despreciado por el perdedor y convertido en presa fácil del ganador.
En nuestra realidad política, los llamados «tibios» o «ni ni» representan a la perfección esta advertencia del pensador florentino. Al no tomar posturas firmes frente a los desmanes del régimen, pierden la confianza del pueblo y la legitimidad de sus competidores. En política no se puede pretender «estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo» porque al final se pierde todo el respeto de los demás y el tiempo pasa factura irreparable.
Esta ambigüedad moral adquiere un tinte espiritual en el imaginario de Dante Alighieri. El poeta de la «Divina Comedia» ubica en la antesala del infierno a los «ignavos», faltos de alma o indolentes por no estar en la gran batalla cósmica ni con Dios ni con Lucifer, sino consigo mismos. Así, el juicio de Dante es implacable al sentenciar que ni el cielo los acepta por decoro, ni el infierno los recibe por no tomar decisiones.






