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ABC, testigo de la operación Ítaca: tres intentos en 24 horas para devolver a María Corina Machado a Venezuela

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María Corina Machado en una imagen durante su intento de regresar a Venezuela en Panamá. (ABC)

 

El plan era navegar desde Panamá hasta la costa de Venezuela con María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, en el regreso a su hogar. La operación tenía un nombre en clave, «Ítaca», y debía culminar una larga odisea: el regreso de una mujer a la que, según había repetido la Casa Blanca, nadie impide volver. Ésa era la historia que esperábamos contar en ABC. Llegamos a Panamá el domingo por la tarde con ropa para pocos días, una mochila

No sabíamos cómo, desde dónde, ni cuándo. Durante las horas siguientes recibimos instrucciones fragmentarias, cambiamos de planes, pasamos largas horas esperando el siguiente movimiento. Lo que debía ser una travesía arriesgada por el Caribe acabó convirtiéndose ante nosotros en una saga de contratiempos. Hubo una embarcación averiada cuando faltaban horas para zarpar, un chárter detenido antes del despegue, permisos que no llegaron y dos islas holandesas frente a Venezuela que aparecieron y desaparecieron como posibles puertas de entrada.

Nunca llegamos a las costas de Venezuela. Vimos, en cambio, cómo se frustraban uno detrás de otro y en menos de 24 horas los intentos quinto, sexto y séptimo de Machado desde que salió clandestinamente de su país nueve meses antes.

Sobre un mapa, Panamá, Curaçao, Aruba y Venezuela parecen dibujar una ruta relativamente sencilla, que se iba a cubrir rápido. Aquellas horas de espera hicieron evidente todo lo que podía interponerse entre un punto y otro: manifiestos de vuelo, permisos de aterrizaje, controles migratorios, decisiones dubitativas de varios gobiernos, operadores privados y una embarcación que dejó de estar disponible justo antes de partir.

Machado era el «Águila», en clave, y los lugares y movimientos tenían también nombres cifrados, que nosotros mismos acabamos utilizando en los mensajes. La compartimentación era muy estricta, nadie debía conocer más de lo necesario y tampoco nosotros conocíamos la operación completa. Nuestra parte era mucho más sencilla: acompañar a Machado en el último tramo y contar, en mi caso para ABC, su regreso a Venezuela.

Sólo después comprendimos que habíamos llegado para presenciar los últimos capítulos de una historia que había comenzado casi tres meses antes en secreto. Ítaca no era el primer intento. Desde finales de junio, Machado había probado un avión privado desde Estados Unidos, un vuelo comercial desde Panamá y otras rutas, incluida una terrestre, cuyos detalles su equipo prefiere mantener reservados porque podrían volver a utilizarse. Cuando aterrizamos en Panamá, cuatro planes habían quedado atrás, pero sólo se conocían dos. Íbamos a asistir a los tres siguientes.

Después de tantas horas esperando habíamos aprendido que ningún plan era definitivo hasta que comenzaba a ejecutarse, pero aquella tarde parecía que por fin íbamos a salir. Al anochecer llegó el mensaje de los dueños de el barco. «Hay problemas», nos dijeron. Estaba averiado. La empresa que lo había proporcionado explicó que uno de los motores sufría un roto importante relacionado con dos cilindros, canceló el servicio y anunció que devolvía el dinero. No planteó esperar a una reparación inmediata ni proporcionó otra embarcación. Un viaje preparado durante días se esfumó en cuestión de minutos.

Hubo llamadas a los propietarios, a las autoridades y a quienes habían intervenido en la organización, pero la explicación no cambió: era una avería. No tenemos ningún elemento que permita afirmar otra cosa. Para completar los trámites, sin embargo, habíamos entregado nombres y documentación a inmigración de quienes íbamos a embarcar y entre algunos de nosotros surgió inevitablemente la duda de si esa información podía haber revelado el verdadero propósito de la travesía. Era sólo una sospecha, pero en una operación de aquella naturaleza, después de varios intentos frustrados, resultaba cada vez más difícil saber qué era una coincidencia y qué no lo era.

El 22 amaneció con un plan completamente distinto. Nos dijeron que el «Águila» intentaría llegar primero a la «isla C», Curaçao, y que había otras posibilidades si aquello tampoco funcionaba. Debíamos esperar y movernos en cuanto hubiera un destino confirmado. Fuimos al aeropuerto de Tocumen con las maletas y comenzamos a buscar vuelos comerciales que nos permitieran llegar detrás de ella mientras Machado trataba de salir de Panamá en un chárter.

ABC

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