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El cambio represado, por Gregorio Salazar

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¿A qué sector de esta comarca bolivariana se referirá Donald Trump cuando a cada tanto proclama que Venezuela es un país feliz?

¿Será a los centenares de presos políticos que aún siguen en las cárceles o sometidos a procesos judiciales?

¿Será a los millones de ciudadanos del interior que padecen horas interminables sumidos en la oscurana? ¿A los docentes sin salario? ¿O tal vez a los pueblos orientales de Anzoátegui, Sucre y Nueva Esparta que padecen sed como nunca antes?

¿Para quién dibuja ese ficticio edén el gobernante norteamericano?

No será obviamente para los venezolanos que conocemos bien los manejos de este régimen, ahora tutelado, y todas las consecuencias que sus extravíos ideológicos y autoritarios ocasionaron y persisten en todos los órdenes de vida nacional. Una destrucción desde los cimientos.

«Venezuela indestructible», fue en un momento una de las consignas que más remachó la cúpula roja.

No hubo medio de comunicación ni pinta de pared donde no asomara como un decreto oficial esa frase que pretendía hacer creer que Venezuela saldría inmune, no de los desatinos de la élite roja, sino de los ataques venidos de los señalados enemigos de la revolución.

En efecto, la sociedad venezolana demostró que a pesar del agresivo proyecto totalitario en marcha mantuvo reservas espirituales, democráticas, de convicción en la necesidad de defender de los fundamentos de la República para evitar ser arrasada y esclavizada definitivamente por la alianza cubano–venezolana, que ahora se hunde en cámara lenta.

Y el 28 de julio de 2025 fue la auténtica eclosión de su rechazo.

Es verdad, la gran mayoría de los venezolanos agradece a Trump haberles quitado de encima a un gobernante ilegítimo, capaz de llevar hasta el extremo más sanguinario la violación de los derechos humanos y que se creía investido de toda impunidad gracias al poder de fuego de la servil cúpula militar y a sus anillos cubanos de protección.

Indefensión ante los atropellos, impunidad, copamiento fraudulento de todas las instancias del poder, una economía con el techo bajísimo por la falta de inversión, recursos humanos y servicios clave como electricidad y agua. Y cerrada la vía hacia la democracia a través de elecciones. Ese era el panorama antes del 3 de enero.

Con el retiro por la Delta Force de quien con tres fraudes electorales consecutivos había bloqueado definitivamente la vía electoral para el cambio democrático, la aspiración lógica de las grandes mayorías era el reconocimiento del triunfo electoral de Edmundo González, para lo cual no había condiciones de seguridad o, en su defecto, unas nuevas elecciones abiertas a todos quienes quisieran participar, incluida María Corina Machado.

No es la vía por donde ha conducido a Venezuela la administración Trump.

Delcy Rodríguez ha sido legitimada de hecho se pasea por Europa y la India como una legítima jefa de Estado.

El régimen no ha abandonado sus prácticas opresivas y delictivas. Y el proceso de reinstitucionalización ni ha sido satisfactorio ni alcanza de lejos al Consejo Nacional Electoral (CNE), donde permanecen atrincherados los autores del vulgar «servilletazo» del 28 de julio.

Inversiones versus elecciones es la dinámica que se ha impuesto y que se alarga interminablemente mientras los Estados Unidos van imponiendo y asegurando el sojuzgamiento a un régimen dispuesto a decir «sí» a todo el proyecto económico extractivo de Donald Trump para Venezuela. Petróleo y oro a manos llenas.

*Lea también: La economía primero, la política después: una apuesta de riesgo, por Rafael Uzcátegui

No. Los venezolanos no estamos felices ni bailamos bajo una lluvia de petrodólares. Los ingresos no alcanzan ni remotamente para satisfacer las necesidades de la clase trabajadora y los servicios públicos son una desgracia colectiva.

No conocemos una ruta clara para la vuelta a la democracia.

Decir que los venezolanos estamos felices es una aseveración tan alejada de la realidad que tampoco servirá a los fines de la pesca de potenciales electores de Trump en los comicios legislativos de noviembre. Definitivamente, no.

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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