La arquitectura del miedo se instaura en el libreto oficial para quebrar el espíritu y las ideas democráticas a través de la carne. El calabozo no solo sirve como espacio físico para apretujar e intentar acallar la voz de libertad que se asoma con fuerza. Se convierte en un estado de suspensión del tiempo que arranca identidad y sentido de la realidad.
Sí, el Helicoide, El Rodeo, La Tumba dejan de ser simples nombres para traducirse en lenguaje del dolor y la muerte. En ellos el silencio se interrumpe con el eco desgarrador de seres vulnerados en su dignidad humana. Mientras los verdugos sonríen y gesticulan frente a los _flashes_ de las cámaras que esconden la cruda realidad de los barrotes.
¡Qué sombra fantasmal en un país que habla de transición por todos lados! Es el contraste entre el bullicio de las calles venezolanas y el silencio sepulcral o los ecos rotos de las celdas. ¿Por qué siguen apretujados en los barrotes? ¿Es que acaso no se quiere develar el lienzo verdadero de su estado físico?
La realidad de los hechos muestra una amnistía de papel. Es el contraste de una ley que fue celebrada con bombos y platillos frente a los que no pueden ser libres porque sus cuerpos están rotos o, quizás, emulen el polvo de la tierra. Hay que decirlo una vez mas: ¡Los presos políticos no son cifras o trofeos del régimen, son luces confinadas por el delito de clamar un horizonte distinto!
La cultura de la presión es reforzada por los que transitan por la «Casa del pez que escupe el agua», muy cerca del puente Llaguno y la Plaza O’Leary. Sin embargo, el eco de esperanza se cuela entre las rejas. Es el suspiro de que pronto habrá libertad. El cuerpo es el primer territorio sitiado, la piel palidece extrañando el sol del trópico, pero el pensamiento permanece indómito. ¡Es la lucha feroz entre la luz y la oscuridad!






