No hay la menor duda que el discurso de Delcy en la 81 Asamblea de la ONU tiene sello y estampa: D.J. Trump, el magnate del mundo. Cada palabra pronunciada por la impostora era el reflejo de Mr. Danger en un auditorio casi escaso y adornado de mimetismo protocolar.
Delcy, vestida de banco, intentó simbolizar la paz, esa sagrada palabra vulnerada por ella y sus compañeros de bando que la antecedieron en el poder. Fingía espiritualidad y sensatez, aunque por dentro su alma lanzara fuego del averno.
«Revivamos el encuentro y el diálogo para el renacer de la República», explayó en un tono comedido, de esos que suelen pronunciar los monjes en una abadía para reconfortar al ser. En eso estamos de acuerdo, pero no es ella la mensajera idónea para tal llamado. En sus manos recae, de manera cruel, gran parte del sufrimiento y dolor de los venezolanos.
Al verla y escucharla en un tono conciliador en esa tribuna internacional, como si no hubiese roto un plato ni reclamar el retorno del famoso preso de Brooklyn, pudimos concluir, al estilo de Sherlock Holmes, que leyó un libreto prefabricado en los laboratorios de la Casa Blanca. Es el mundo marcado por la geopolitica y el algoritmo mediático. Ella no tenía otra opción para prolongar su agonía en la silla de Miraflores.
Los anteojos, parecidos a los de La Chilindrina, ocultaban esa mirada siniestra similar a la de su hermanito Jorge. Su vocabulario simulaba una elegía al perdón, la reconciliación y al amor fraternal. En verdad, quien no la conociera, habría presenciado en el estrado a la madre Teresa de Calcuta. Solo faltó decir: «Vengan conmigo, mis hermanos. Salgamos de los escombros de la destrucción y el odio para reconstruir al país».
En fin, fue un espectáculo gringo la presencia de Delcy Eloína en la ONU, la que hoy pretende erigirse líder del país sin contar con un voto para estar en Miraflores






