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*El sufrimiento de los venezolanos desde la mirada de Arthur Schopenhauer* Jesús Alberto Castillo

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En su obra cumbre «El mundo como voluntad y representación», el filósofo alemán Arthur Schopenhauer sostiene que el universo se rige por la voluntad de vivir, la cual constituye una fuerza irracional, ciega e insaciable cuya finalidad es perpetuarse a cambio del sufrimiento humano.

De acuerdo al autor, ese deseo perpetuamente insatisfecho que significa la voluntad obliga a la vida a oscilar inevitablemente entre el sufrimiento y el aburrimiento. Ese es el origen del dolor  en el ser humano. No obstante, todo lo que percibimos de lo que nos rodea, mediante los sentidos, no es la realidad en sí, sino una construcción mental de nuestro cerebro. Eso es el mundo de las representaciones.

Para enfrentar esa existencia dolorosa y disminuir su sufrimiento, Schopenhauer argumenta que las personas se valen de tres vías clave: 1) la pasión estética, es decir, la música y el arte le permiten suspender temporalmente el deseo, dando una paz momentánea, 2) la compasión que implica reconocer que todos los seres humanos comparten el mismo sufrimiento y eso permite diluir el egoísmo y 3) la ascesis y el desapego  que significan combatir los impulsos naturales del cuerpo mediante el ayuno, la pobreza voluntaria, la castidad y la autoflagelación.

Es, precisamente, en la ascesis donde el individuo encuentra el camino ideal para lograr el Nirvana, la quietud de su alma. Es ese estado de paz absoluta donde el mundo ya no tiene dominio sobre el individuo. De manera la persona asceta ya no es un actor en el teatro trágico de  la vida, sino que se convierte en un espectador sereno. Al no desear nada, ya no puede sufrir por ninguna carencia.

Este pensamiento schopenhaueriano es clave para comprender la crisis multidimendional de Venezuela. En nuestro país el poder institucionalizado opera como esa Voluntad despojada de racionalidad ética y bien colectivo. El régimen político, más bien, actúa como un impulso ciego que devora las instituciones y los recursos públicos con miras a reproducirse y relegitimarse permanentemente.

Bajo este yugo, la vida diaria de los venezolanos se ha transformado en el trágico péndulo existencial entre el sufrimiento y el aburrimiento, generando una profunda apatía, desesperanza y cansancio colectivo ante falsas promesas. Este esquema de dominación se sostiene sobre el egoísmo radical o fragmentación del individuo, así como del cinismo de la élite gobernante.

Cada persona se percibe única y compite salvajemente contra los demás. El régimen capitaliza ese egoísmo y logra anteponer sus privilegios frente a la agonía colectiva, usando una narrativa de diálogo y negociación. Se vale de ella no como mecanismo de solución, sino como una táctica política para ganar tiempo y neutralizar la presión colectiva.

Frente a esta farsa, emerge de la sociedad civil el asceta político, esa figura que logra la liberación definitiva al negar de manera consciente sus deseos, rompiendo el control qué la Voluntad ejerce sobre él. Es el ciudadano que se resiste y realiza un desapego completo a las migajas clietelares del régimen.  Además, busca organizarse, crear conciencia de la liberación colectiva y apostar a un desplazamiento definitivo del régimen, no a colaborar con él.

La ascesia, etapa crucial del pensamiento Schopenhaueriano, rompe con la sumisión pasiva del sujeto para convertirse en la renuncia consciente de participar en el teatro de las falsas promesas y las convocatorias manipuladoras del oficialismo. De esta manera, el asceta venezolano alcanza una moral inquebrantable y una paz interior que ni el mismo régimen, con su fuerza represiva, es incapaz de someterlas. Eso vale mucho para la integridad y dignidad de la persona.

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