“En SIDOR convivían japoneses, alemanes y antillanos; éramos una Torre de Babel del acero”
(Entrevista con el técnico sidorista y economista José Luis Alcocer (primera de varias sobre el tema). Dedicada, en memoria al obrero siderúrgico especializado, el aguasayero Jesús Rafael Medina, a su esposa, doña Delia Mendoza y familia Medina Mendoza y a todos los pioneros siderúrgicos y sus sobrevivientes)
CIUDAD GUAYANA, ESPECIAL para El Progreso. — Con la cadencia de quien ha vivido el rugido de los hornos y el silbido del vapor, el economista José Luis Alcocer no habla de números fríos, sino de una epopeya de hierro y hombre. Ex supervisor de mantenimiento mecánico en la planta de productos planos, Alcocer atesora en su memoria la imagen de una SIDOR que fue crisol de nacionalidades y escuela de venezolanidad.
En el marco del aniversario de la primera colada de acero en Venezuela, aquel 09 de julio de 1962, el profesional de la economía y técnico de laminación rememora los orígenes del gigante siderúrgico con la precisión de un ingeniero y la pasión de un testigo de excepción.
— Se habla mucho de la producción, pero poco de la gente que hizo posible ese hito. ¿Cómo era la SIDOR de aquellos años?
— SIDOR albergó trabajadores de todas partes del mundo, principalmente latinoamericanos: bolivianos, chilenos, argentinos, colombianos, peruanos, mexicanos; también gringos, españoles, hindúes, japoneses, alemanes, antillanos… y pare usted de contar. Era una verdadera Torre de Babel, pero todos hablábamos el mismo idioma: el del acero.
— Un crisol de culturas para un proyecto que nació con muchas idas y venidas…
— Así es. El proyecto siderúrgico fue concebido por la Corporación Venezolana de Fomento en el trienio 1945-1948. Luego, una iniciativa privada conformada en el Sindicato del Hierro, presidida por Eugenio Mendoza, inició los estudios para la construcción de la planta en Guayana. Pero se paralizó cuando el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, en 1954, decidió que fuera de exclusiva propiedad del Estado. Hubo que esperar hasta 1957 para que el proyecto se reactivara.
— ¿Y cuándo toma forma la SIDOR que conocemos?
— El 30 de diciembre de 1960 se crea la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), y entre sus departamentos nace la División Siderúrgica. No es sino hasta 1964 cuando adquiere personalidad jurídica como CVG Siderúrgica del Orinoco C.A. El primer presidente fue el ingeniero Antonio Álamo, y el gerente de Operaciones, el ingeniero Argenis Gamboa, quien adelantó el proyecto iniciando las operaciones en la fábrica de tubos con lingotillos importados desde la planta de Dalmine en Udine, Italia.
— ¿Qué significó esa primera colada para el país?
— Fue un acontecimiento sin precedentes. Hasta ese momento, la acería venezolana Sivensa producía acero a partir de chatarra. En cambio, en SIDOR el acero nacía del mineral de hierro del subsuelo venezolano, con mano de obra venezolana. Asumimos el reto de ser una empresa distinta a la industria petrolera. Fue la confirmación de que Venezuela no solo era petróleo.
— Sin embargo, la mano de obra no era especializada. ¿Cómo se forjó a esa primera generación?
— Es importante destacar que el 75% del personal que arrancó a SIDOR era analfabeta. Eran pescadores y agricultores venidos del campo venezolano, de todas las regiones. Aprendieron a leer y escribir en los centros de alfabetización creados dentro de la propia empresa. Esa fue la verdadera hazaña: convertir a un campesino en un obrero siderúrgico.
— ¿Y cómo evolucionó esa capacidad de producción?
— SIDOR arrancó con una capacidad instalada de 750.000 toneladas anuales de acero líquido. En 1997, cuando fue privatizada, entregó el testigo con una producción de 3.100.000 toneladas. Ya en 2007, alcanzó su punto más alto: 4.300.000 toneladas anuales.
— Pero luego vino el declive…
— En abril de 2008 fue reestatizada por el gobierno de Hugo Chávez Frías. A partir de allí, la producción fue decreciendo de manera alarmante. En 2019, para dolor de todos los que la construimos, SIDOR logró un récord histórico negativo: 0 producción de acero. Hoy, con el 75% de las plantas destruidas, produce a duras penas el 1% de su capacidad instalada.
— A 64 años de aquella primera colada, ¿qué balance hace?
— Que saque usted sus propias conclusiones. Los números hablan por sí solos. Pero mi corazón de trabajador siderúrgico prefiere quedarse con el recuerdo de aquellos hombres que, viniendo de un rancho o de una aldea, supieron poner a Venezuela en el mapa del acero mundial. Ese es el legado que duele perder.
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Economista y Técnico Industrial José Luis Alcoce
NOTA DE PRENSA CRISTOBAL PIERLUISSI






