«El ser humano prefiere la seguridad del dogma ciego a la angustia de pensar por si mismo»
(Sigmund Freud)
Uno de los fenómenos que se reproduce con gran fuerza en los partidos políticos contemporáneos es la intolerancia. Tal situación es peligrosa porque no solo paraliza el debate político sino que genera una especie de amenaza interna que pone en vilo la cohesión y avance de estas organizaciones, las cuales nacieron para servir a los ciudadanos y fortalecer la democracia dentro de la comunidad política.
La intolerancia y la falta de deliberación en las instituciones partidistas responden a ese «malestar de la cultura», abordado por Sigmund Freu en su libro homónimo, publicado en 1930. Allí el autor austriaco, padre del Psicoanálisis, destaca que la vida civilizada obliga al individuo a reprimir sus instintos más primarios (el placer sexual, llamado Eros y la agresividad, denominada Tánatos) con miras a garantizar el orden y seguridad en el espacio social.
No obstante, esta energía reprimida no desaparece sino que busca grietas en el tejido social para hacerse visible. Es allí donde los partidos políticos sirven como válvulas de escape para este malestar, transformando el debate de diversas ideas en un campo de batalla de naturaleza neurótica donde la diferencia es concebida como una amenaza de aniquilación del otro. Es el estado de guerra permanente donde sale a relucir la célebre frase de Plauto: «Homo homini lupus» (El hombre es el lobo del hombre).
Desde la mirada freudiana, esta dinámica se comprende a partir del aparato psíquico de la persona. El «Ello», regido por el principio del placer y el instinto de destrucción, encuentra en la militancia política una vía expedita para liberar su agresividad innata. Es por ello que ante el surgimiento de propuestas innovadoras o ideas distintas, el grupo hegemónico no responde con argumentos lógicos, sino con hostilidad primitiva.
De esta manera, al deshumanizar al disidente y etiquetar su pensamiento como «amenazante», el dirigente puede descargar su violencia psicológica y verbal sin remordimiento. Pues, supone que el partido le entrega una patente de corso moral para descalificar y atacar en nombre de una causa superior que la denomina «política institucional del partido».
Paralelamente, los partidos políticos reconfiguran un «Super yo», de naturaleza ideológica, que se expresa implacable como una espada. Es el juez colectivo que establece dogmas inalterables y una moral absoluta que prohíbe la duda, el contraste o el consenso. Cuando un miembro del partido sugiere una idea diferente, el «Super yo» grupal reacciona castigando la disidencia y amenazándola con el ostracismo y la culpa.
En este ambiente, interviene el «yo», la mediación entre el «ello» y «el super yo» que obliga al dirigente a moderar su postura. Para Freud, el disidente, ante el temor de ser etiquetado de «traidor», termina cediendo a la presión y ejecuta la postura adversa como mecanismo desesperado de sobrevivencia psicológica y política. Aquí el «Yo» tiene la misión de ser racional y evaluar la realidad objetiva. Pero, ante la intolerancia persistente en los partidos políticos, el «Yo» fracasa y se radicaliza de nuevo.






