Estos seres están por todos lados y recurren a la indulgencia para obtener algún tipo de prebendas, sin importar hipotecar sus ideas y hasta la propia personalidad. Por eso Ingenieros nos advierte sobre las sociedades regidas por la mediocridad donde el mérito es reemplazado por la envidia, el servilismo y el culto a la personalidad. En estos tipos de sociedad sus habitantes quedan atrapados a la sombra del oscurantismo y de la pobreza en toda la extensión del término.
Ante tan nefasto drama es fundamental apostar a un modelo educativo que forme ciudadanos activos y con pensamiento crítico. Una pedagogia capaz de liberar al sujeto de las ataduras de la ignorancia y la adulación para que brille con luz propia por su talento e intelecto. En tal sentido, Ingenieros pretende que con la educación en valores ciudadanos y de calidad se forme al individuo idóneo y apto para transformar la sociedad.
Al respecto, Ingeniero aboga por el hombre meritorio, el ser ideal que visualiza un futuro mejor, crea valores, se exige así mismo y a los demás, busca la perfección mediante el arte, la ciencia, la justicia y la política. Un ser que se abre paso por sus cualidades, no las ajenas, para inspirar al resto de sus congéneres. Siempre cultivando el intelecto, interpelando y aportando, aunque resulte incómodo a la élite hegemónica.
Resulta, entonces, traer a la memoria esas palabras elocuentes de José Ingenieros, llenas de exquisita prosa, para reflexionar y apostar siempre a la meritocracia:»Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el recurso misterioso de un ideal».






