Por Alonso Maldonado Blaubach
En mi opinión hace un corto tiempo, que nuestra nación inició el irreversible camino
hacia su redención.
Los primeros pasos de la transición ya han sido dados, labrados con el sacrificio y la
constancia de un pueblo que se niega a doblegarse. Sin embargo, la gran tarea que
tenemos por delante permanece inacabada.
No basta con anhelar la libertad.
Debemos ser capaces de sostenerla.
Hoy, la madurez de nuestra República nos exige reconocer, con humilde franqueza,
que aún nos falta camino por recorrer antes de asumir plenamente la inmensa
responsabilidad de administrar y salvaguardar nuestro propio Estado.
Un Estado no se reconstruye solo con leyes, sino con la rectitud de quienes las
ejecutan.
Esta obra monumental no se consolidará por el azar.
Bajo la mirada protectora y la buena voluntad de Dios, estamos destinados a lograrlo.
Pero esa bendición requiere de nuestra complicidad activa. El destino de Venezuela
cambiará definitivamente el día en que los mejores de los nuestros, los más rectos, los
más capaces, los más virtuosos, dejen a un lado el natural rechazo a los asuntos
públicos y den un paso al frente.
La política ha sido degradada, es cierto.
No se la combate dándole la espalda, sino dignificándola con la presencia de los justos.
Cuando las mentes más brillantes y los corazones más limpios decidan involucrarse y
asumir el timón, entonces, y solo entonces, seremos los verdaderos dueños de nuestro
porvenir.
Que no sea en vano el largo desierto recorrido.
Nos corresponde a los vivos, a los ciudadanos de hoy, consagrarnos a la causa que
aún tenemos pendiente. Hacer de Venezuela una patria gobernada por su gente, para
su gente, y guiada por sus mejores luces.






