La obstrucción del proceso político –mediante un fraude– que venía evolucionando particularmente desde el 2023 torció el rumbo del cambio histórico. La gente no lo olvida.
A pesar de los esfuerzos que hace Dinorah Figuera, presidenta de la fenecida AN 2015, para ganar la confianza y la credibilidad de la mayoría opositora, se topa al menos con dos grandes obstáculos: la comprensible impaciencia de una población que no ve el momento de poner fin a un devastador régimen de 27 años y encima tener que soportar la espera sin alivio a sus dramáticas condiciones de vida, pese a la explotación sin control de nuestra riquezas petroleras y mineras que hace la administración Trump.
La obstrucción del proceso político –mediante un fraude– que venía evolucionando particularmente desde el 2023 torció el rumbo del cambio histórico. La gente no lo olvida.
Secuencialmente fueron desconocidos los resultados de las primarias y perseguidos sus organizadores. El liderazgo que surgió de esas votaciones no sólo fue desconocido, sino inhabilitado y perseguido, lo mismo que el ganador de las elecciones presidenciales, además aventado al exilio. El derecho a denunciar y a protestar ese fraude fue reprimido cruentamente y perseguido judicialmente.
Lo que está pidiendo la población es la continuidad en términos racionalmente aceptables en su horizonte temporal del proceso que fue abortado de manera procazmente fraudulenta en el 2024 por quienes hoy gobiernan y que, se pensaba, sería mucho más expedito, armónico y coherente después de la defenestración militar de la cabeza de la dictadura por los Estados Unidos.
Figuera trata de atemperar los ánimos, expone razones de cambios institucionales y termina ubicando unas próximas elecciones, sin dar indicios de tipo ni orden, para finales del 2027 o comienzos del 2028. Cuando se le cuestiona, el propio Marco Rubio se ve en la necesidad de apuntalar sus ofertas de garantías.
Antes de los comicios habrá que culminar, ha dicho, el iniciado proceso de reformas legales y la posterior renovación integral del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y el Consejo Nacional Electoral (CNE). Ambos cambios son, indiscutiblemente, necesarios y lo crucial es que se cumplan de la manera más justa e idónea. La elección del nuevo TSJ será una muy exigente primera prueba Dinorah Figuera.
En ese sentido, y tutelado como está todo el país por fuerzas extranjeras, Figuera debería ser aprovechada como un puente hacia el sector opositor, lejos de vapulearla o restarle un piso que el mismo oficialismo salió a darle en Miraflores el mismo día que la oposición colmaba la calle para recordar las elecciones primarias del 2023. Aislarla del liderazgo opositor sería un logro para Delcy.
Ahora, para los venezolanos que padecen, entre otros males, apagones eléctricos y falta de agua que les anula el mínimo confort doméstico y además destruye sus economías; la inflación más alta, por mucho, de la región; pésimos o inalcanzables servicios de salud y educación, la permanencia de presos políticos y las acciones intimidantes que todavía se permiten actores principalísimos del régimen madurista, la oferta de Figuera es vista como una nueva travesía en el desierto. A eso, con seguridad, se seguirán resistiendo.
Los venezolanos ven con angustia no sólo que los herederos de Chávez y Maduro, y copartícipes de los inconmensurables daños económicos y el descarrilamiento institucional que ha vivido Venezuela, sigan disfrutando de un enorme y privilegiado margen de maniobrabilidad. Y lo hacen sin abandonar inaceptables prácticas autoritarias.
Vale preguntar, ¿por fin se van a respetar plenamente la libertad de expresión y el derecho a la protesta? ¿Cuándo quedarán en libertad los presos políticos?
Una cosa es que el oficialismo, que terminó el 2025 con un control absoluto de todas las instancias del poder, sea necesario para estabilizar un proceso de transición. Otra que eso requiera de un tratamiento político desigual, desdeñoso u ofensivo para María Corina Machado.
Ese es un manejo por parte de la administración Trump que ha terminado por exasperar a un vasto sector de los venezolanos, como lo revelan los sondeos de opinión. Rodríguez es «fantástica», la otra «no tiene el respeto del pueblo».
A la interina se le abren las puertas de la escena internacional y a Machado ni se le invitó al Discurso de la Unión, como se hizo por cierto con Juan Guaidó y, sorpresivamente, con el ex candidato Enrique Márquez. La oficialista realiza mítines con ribetes de campaña electoral, mientras que a quien lideró la derrota de Maduro en el 28J no se le permite entrar a su propio país. ¿Eso fue parte del pacto? Inaudito.
Y cuando se habla genéricamente de acabar con las inhabilitaciones políticas, como la que todavía pesa sobre Machado, la propia Figuera admite que el tema «es duro de roer». Eso y mucho más justifican plenamente el llamado a la calle hecho por María Corina el 22 de octubre y la masiva respuesta que recibió en todo el país. De seguro vendrán otras. Razones hay que las alimenten en grado sumo.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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