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Renacer entre las ruinas: la fuerza humana que los terremotos no pudieron derribar

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El doblete sísmico registrado el pasado 24 de junio en Venezuela no solo movió la tierra y desplomó estructuras, sino también significó un cambio radical para miles de personas que en apenas 40 segundos, vieron cómo su mundo se venía abajo. Algunos de quienes lograron sobrevivir a esta tragedia, se atreven a contar su historia; otros prefieren no revivir esa traumática experiencia, porque perdieron mucho más que paredes y un techo: perdieron familiares, vecinos, el trabajo de toda una vida y, en muchos casos, hasta las ganas de continuar.

El estado Lara, aunque no sufrió el impacto directo de los terremotos, se ha convertido en ese refugio de brazos abiertos para quienes huyen del desastre, especialmente desde La Guaira, buscando una oportunidad para empezar otra vez.

Según cifras oficiales de la Gobernación de Lara, más de 400 personas desplazadas han llegado a la entidad. Las autoridades afirman brindar apoyo integral con visitas médicas y seguimiento, alcanzando según sus reportes un 92 % de atención. Sin embargo, no existen refugios oficiales en territorio larense. La realidad es que la primera línea de contención ha sido la solidaridad familiar, pues los afectados han tenido que alojarse en casas de parientes.

La familia Rodríguez al separarse el pasado 27 de julio

Por otra parte, la respuesta humanitaria la ha liderado Cáritas Lara junto a la Arquidiócesis de Barquisimeto. La organización católica enfoca sus esfuerzos en centros de acopio para clasificar y embalar insumos: han enviado ayuda a las zonas más golpeadas como La Guaira, Falcón y Carabobo. Ya superan las 140 toneladas distribuidas entre agua potable, alimentos, kits de higiene, colchonetas e insumos médicos para los cuerpos de rescate.

En la entidad larense, Cáritas ha atendido a más de 500 familias. Aunque tampoco cuentan con albergues permanentes, funcionan como punto de acogida para donar ropa, alimentos, dar asistencia psicológica y acompañar el proceso de duelo de quienes llegan sin nada. Por ello, los centros de acopio se mantienen activos a la espera de más donaciones, sabiendo que la emergencia no ha terminado y que seguirán llegando familias golpeadas por la tragedia.

Parientes que rescatan el alma

Tras la catástrofe, abandonar La Guaira fue la única opción para muchos. Dejar atrás la brisa marina, las calles conocidas y los recuerdos de toda una vida, duele muy hondo, pero el instinto de proteger a la familia pesa más. Tal es el caso del señor Pulido, quien vivía en Playa Grande y hoy está en Barquisimeto junto a su esposa y sus dos hijos para contar su historia.

“Llegamos a Barquisimeto con la esperanza de trabajar para, algún día, volver a La Guaira”, comenta Pulido tras 15 años viviendo en el Litoral Central.

Su testimonio guarda el peso de los milagros. Ese día tenía un trabajo agendado como técnico de refrigeración y electricidad en otra residencia, pero una llamada a última hora canceló la cita. Decidieron quedarse en casa viendo un partido del Mundial de Fútbol, postergando también una salida de compras que su esposa tenía planeada. Esos pequeños detalles, casi aleatorios, les salvaron la vida.

Llegaron a la capital larense por sus propios medios, sin auxilio estatal. Hoy, la dignidad de su trabajo diario y el apoyo de particulares son el motor que los mantienen en pie.

“Perder lo que construiste con años de sudor, te quiebra por dentro, te hace sentir transparente. Pero mirar a mis hijos sanos me recuerda que mientras haya vida, las manos para trabajar no faltan”, reflexiona Pulido con la voz pausada de quien sabe que le ganó una batalla al destino.

Actualmente, la familia Pulido comienza de cero en Barquisimeto. A través de las redes sociales ha visibilizado su situación, así como también ha ofrecido sus servicios como técnico en refrigeración doméstica, labor que realiza con mucha dedicación, pues tiene la esperanza de algún día regresar a La Guaira.

Último día de Alexander y su hijo en el Parque del Oeste en Caracas donde estaban en un refugio

La distancia por el bien de un hijo

El caso de Alexander Rodríguez también es una lección de supervivencia. Él, su esposa y su pequeño hijo vivían en uno de los apartamentos de la OPP 25 en Tanaguarenas. El doble sismo los sorprendió fuera de casa. Aunque la torre no se derrumbó por completo, quedó declarada inhabitable por los severos daños estructurales. Luego vino lo devastador: saquearon lo poco que les quedaba en su vivienda.

Tras pasar días en un refugio improvisado en el Parque del Oeste en Caracas, la pareja tomó una dura decisión, pensando en la salud física y emocional de su hijo: la familia se separó temporalmente. Él se trasladó con el niño a Carora el 27 de julio para quedarse en casa de unos parientes, ubicada en la urbanización El Roble de la ciudad de Carora, mientras su esposa se quedó en Caracas gestionando los censos de vivienda, sin respuesta clara aún sobre cuándo o dónde recibirán una nueva casa.

En Carora, la mano amiga ha sido Cáritas. Les han dado atención médica, apoyo psicológico, ropa y calzado, pues llegaron literalmente con lo que llevaban puesto encima. La colchoneta donde hoy duermen padre e hijo fue una donación de la organización.

“Hay noches en que el silencio pesa demasiado y el dolor de tener a la familia dividida, te oprime el pecho”, confiesa Alexander, tratando de desatar el nudo que se le hace en la garganta. “Uno guarda la calma frente al niño para que no sienta miedo, pero por dentro estás roto. No me importa la ropa ni los muebles que se perdieron, lo único que me quita el sueño es ver a mi familia junta otra vez bajo un techo seguro”. Aunque no perdió a ningún familiar, la tragedia se llevó a muchos de sus amigos, conocidos y cercanos.

El señor Pulido trabaja reparando aires acondicionado y neveras

Alexander asegura que no volverá a La Guaira jamás, pues el trauma es profundo. No sabe si Carora será su destino definitivo, pero aguarda con paciencia la promesa de una vivienda digna en cualquier rincón del país donde pueda volver a abrazarse con su familia completa.

El terremoto derrumbó concreto y cambió geografías en segundos, pero no pudo fracturar la capacidad humana de sostenerse en medio del caos. Hoy, en cada rincón de Lara donde un sobreviviente intenta conciliar el sueño, se libra una batalla silenciosa entre el trauma de los terremotos y las ganas de salir adelante.

Faltan casas, sobran ausencias y el camino de la reconstrucción es largo, pero historias como las del señor Pulido y Alexander Rodríguez demuestran que el verdadero hogar no está en las paredes que cayeron, sino en la fuerza de quienes se levantaron. Mientras haya una mano tendida, un plato compartido y una comunidad dispuesta a abrazar al que llega sin nada, la esperanza seguirá encontrando la manera de florecer sobre las ruinas.

Pulido y su familia llegaron a Barquisimeto por sus propios medios

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