Claro y contundente resonó en todo el país el mensaje que enviaron los trabajadores venezolanos al gobierno interino de los Rodríguez el Primero de Mayo. La voz ciudadana se levantó desde los cuatro puntos cardinales del país como potente reclamo de justicia, pero también como un profundo sentimiento de despojo al ver que tras más de 26 años de revolución chavista se evaporaron las conquistas socioeconómicas de prácticamente un siglo de luchas.
La revolución socialista. El «galáctico» caudillo de los pobres. El presidente obrero. Los supuestos mesías que prometieron pagar la deuda social de los años de democracia terminaron llevando a los trabajadores venezolanos al último lugar en la escala de los salarios mínimos en el continente. Y para colmo, con el movimiento sindical y sus dirigentes privados de los más elementales derechos para ejercer la representación de sus militantes de base.
Cómo fue que el salario mínimo oficial en Venezuela ha llegado a valer menos de un dólar estadounidense –el signo monetario extranjero que desplazó al Bolívar como moneda nacional y que rige para todo en nuestra economía– es una historia en la que la clase trabajadora venezolana –después de cada tormenta inflacionaria o hiperinflacionaria– ha dejado jirones de piel y casi su supervivencia.
El modelo socialista devastó las conquistas de los trabajadores. «Lo político debe estar por encima de lo económico, y no al revés», sostenía Chávez. Y lo político era marcadamente «antiimperialista». En el desvarío ideológico, Maduro llegó a proclamar la desaparición de las escalas salariales. «Hemos achatado la pirámide salarial», proclamó en una especie de delirio habanero. Tanto lo acható que lo hizo invisible.
El auge de esas monedas «complementarias» llegaría a su máxima expresión, según el plan, con la construcción del Estado Comunal, la nueva «geometría del poder» para garantizar el control totalitario del Estado venezolano, algo de lo que supuestamente terminaremos librados tras los bombazos del 3 enero. Sí, pero con el voto de la gente.
Evadir el ámbito del dólar era parte de la estrategia castro-chavista para desgajar a Venezuela de la órbita geopolítica de los Estados Unidos. Mucho avanzaron, a costa inclusive del hundimiento de Pdvsa –y con ella del resto del aparato económico–, a la que un día iban a rescatar los rusos, otro los chinos y otro los iraníes. Ahora hemos regresado a las primeras décadas del siglo XX cuando prioritariamente capital, tecnología y personal norteamericano, además del inglés y el holandés, dieron el primer gran impulso a nuestra industria de los hidrocarburos.
Recuperar el salario de los trabajadores venezolanos no se logrará a base de mendrugos, como los que ha venido a ofrecer la presidenta (En) cargada. Cargada, es decir en brazos, suspendida, soportada, llevada en el regazo por la administración de Donald Trump, quien dirige a control remoto la liberalización de la economía a marcha forzada con el regreso del BCV a sus deberes constitucionales y el retorno a los rieles del otrora satanizado Fondo Monetario Internacional.
Dinero para mantener un nivel de dignidad de los salario de los trabajadores lo hubo de sobra. Todavía ingentes cantidades de recursos permanecen en las caletas de personeros del régimen, como los $21 mil millones de El Aissami y otros que le birlaron al pueblo venezolano paladines de la revolución, desde Rafael Ramírez hasta la pareja que hoy reside en Brooklyn.
La gran jornada nacional del Primero de Mayo ha venido a potenciar la presencia popular en la calle, previamente sostenida por la sociedad civil en demanda de la libertad de todos los presos políticos, y a lo que ahora se han sumado los dirigentes políticos que volvieron a la libertad tras la injusta persecución a la que fueron sometidos por un régimen que no termina de aceptar que su permanencia en el poder tiene como límite la voluntad del pueblo.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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