Durante casi tres décadas, la «revolución bolivariana» le vendió a los venezolanos una trinidad mitológica: el «Árbol de las Tres Raíces». Ella encarnaba esa maravillosa creación de la naturaleza, con su tronco y ramas, que se nutría de la pedagogía emancipadora de Simón Rodríguez, el nacionalismo ferviente de Simón Bolívar y la justicia agraria de Ezequiel Zamora.
Los juglares revolucionarios prometieron «el paraíso en la tierra». Hicieron creer que de esas raíces brotaría un modelo único de soberanía absoluta, un escudo fuerte contra el «imperio yanqui». Sin embargo, el devenir histórico ha demostrado que el árbol nació torcido desde su semilla conceptual, y por más retórica que le inyecten, sus ramas jamás enderezarán. Su fruto definitivo no fue la «suprema felicidad social», sino el remate pragmático del subsuelo nacional para seguir sembrando de miseria a millones de almas.
Hoy ya no podemos hablar del árbol de las tres raíces sino de la metáfora del «árbol torcido». Es hora de honrar ese viejo refrán que dice: «Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza» – Willie Colón prefería decir «jamás sus ramas enderezan – y es bueno que así sea porque permite endulzar el alma en medio del torbellino de palabras que ha desatado el anunciado acuerdo petrolero entre Trump y Delcy. Pues, el oro negro tiene gran valor aunque su sabor sea repugnante.
La puesta en escena de ese pacto tuerce cada vez más al árbol, cuyas tres raíces se han podrido con el tiempo. Las ideas originarias de la bendita revolución se distorsionaron por sus actores principales. Primero, la raíz robinsoniana y su máxima «O inventamos o erramos» ha degenerado en una práctica oficialista de destruir el aparato productivo de PDVSA mediante la corrupción y la impericia militar. No inventaron nada; erraron en todo, perdiendo una generación entera y hoy entregan el subsuelo con reservas probadas de petróleo al imperio yanqui, a cambio de seguir en el poder.
Segundo, la raíz bolivariana de la soberanía se ha torcido hasta convertirse en una caricatura entreguista. Quienes prometieron expulsar al capitalismo transnacional acaban de ceder el «control mayoritario» de la faja del Orinoco y el Lago de Maracaibo al gobierno de los Estados Unidos a través de una corporación aliada. La retórica del «antiimperialismo» se desmoronó en el momento en que Diosdado Cabello tuvo que tragarse sus palabras de que «ni media gota de petróleo iría al norte». El árbol torcido no vigila la soberanía; más bien la hipotecó para garantizar la supervivencia financiera de una élite impopular.
Tercero, la raíz zamorana de «Tierras y hombres libres» encuentra su tumba en las cláusulas de este acuerdo opaco. La destrucción del campo y la industria privada mediante expropiaciones forzosas solo sirvió para que hoy, un consorcio transnacional maneje los recursos bajo un esquema de regalías mínimas del 16%. El pueblo, lejos de ser «libre», contempla desde la miseria cómo la riqueza del país se convierte en un salvavidas geopolítico que ata el destino de Venezuela a los intereses energéticos de la Casa Blanca.
Hoy estamos ante un árbol cuyas ramas deformadas por la autocracia, el cinismo, la codicia y la manipulación no produce sombra ni cobijo. El acuerdo Trump-Rodríguez no significa el «renacer» de la nación; es la fe de bautismo de un pragmatismo salvaje que canjeó la dignidad patria por la permanencia en el poder. Al final, la metáfora se cumple con precisión: el árbol de las tres raíces siempre estuvo podrido por dentro. Su tronco y ramas torcidas por la codicia y el totalitarismo, jamás podrán enderezarse.
(*) Politólogo, periodista y abogado.






