En ella Herrera Luque utiliza la fuente ornamental como una metáfora literaria para simbolizar las diversas formas de relaciones de la oligarquía caraqueña. con el dictador Juan Vicente Gómez. El flujo continuo de agua representa el dinero, la corrupción y el poder político que brota incesantemente para beneficiar a las élites dominantes, mientras la mayoría del país queda excluida.
Es la Caracas mantuana de principios del Siglo XX donde los «Amos del Valle» construyeron sus mansiones en zonas históricas y céntricas, muy cercanas del epicentro de gobierno. La fuente con su llamativo pez servía de enlace entre la residencia familiar y el despacho del presidente en el Palacio de Miraflores. Tanto fue así que se creó un mito tan arraigado en el lector de fusionar ambos espacios. Hoy el ideario nacional asocia «La casa del pez que escupe el agua» con Miraflores por las fuentes decorativas que conserva en sus alrededores.
El referido palacio es el centro de la intriga política, donde las élites adineradas y los nuevos ricos logran estar cerca del gobernante de turno para conservar sus privilegios, sin importar las formas de hacerlo ni la naturaleza del gobernante de turno. Solo les basta con «adaptarse, acercarse a la fuente y colocar el vaso para llenarlo del agua que escupe el pez». Tienen que complacer los caprichos y amenazas del mandatario para cuidar sus privilegios.
La novela «En la casa del pez que escupe el agua» nos sirve para contextualizar la Venezuela tutelada de hoy. Así cómo las élites ponían el vaso bajo la fuente del dictador Gómez para resguardar sus privilegios, actualmente «la nueva burguesía» y «los bolichicos» hacen lo mismo en la fuente que ya no escupe agua sino petróleo. Es que las élites no mueren, solo se trasmutan, cambian de piel y de protector. Su interés es no soltar el vaso cerca de la fuente para seguir recibiendo las riquezas y privilegios que le pertenecen a todos los venezolanos.
Al igual que las familias mantuanas de la Caracas gomecista, los cabildeadores petroleros como Alejandro Betancourt entienden que la ideología es una sustancia volátil, mientras que los recursos energéticos son un atractivo negocio. Allí está él muy ágil y diplomático, tomando de la mano a Delcy y a muchos otros «boliburgueses» en «La Casa del pez que escupe petróleo» para seguir construyendo al «nuevo hombre». ¡Así son las cosas!, diría Oscar Yánez.






