CIUDAD GUAYANA.— La historia de la Siderúrgica del Orinoco (SIDOR) nunca estuvo desconectada de los sismos políticos que han sacudido a Venezuela. Al conmemorarse este 9 de julio un nuevo aniversario de aquella histórica primera colada de acero en 1962, las memorias del sindicalismo histórico invitan a una profunda reflexión sobre cómo el sectarismo y el debate ideológico han marcado el destino de la principal acería del país.
Para entender el nacimiento de SIDOR, es necesario viajar a los convulsos inicios de la década de los 60. El clima político de la época era un polvorín de polémicas y discusiones donde cobraron protagonismo los llamados «cabeza caliente». Esta intensa pugna ideológica provocó profundas grietas en el partido de gobierno, Acción Democrática (AD), derivando en su primera división. En paralelo, un grupo de jóvenes e intelectuales, encandilados por el triunfo de la revolución cubana, decidieron romper con el orden democrático y constitucional, alzándose en armas contra el gobierno del presidente Rómulo Betancourt.
Esa turbulencia política salpicó directamente al naciente proyecto siderúrgico. El ala izquierdista del país, abanderada por figuras como Salvador de la Plaza, Domingo Alberto Rangel y Reinaldo García Iturbe, no tardó en arremeter contra la planta, catalogándola despectivamente como «La siderúrgica venezolana de estirpe colonialista». La incredulidad ante el proyecto no solo venía de la izquierda radical; el propio diario El Nacional, en su célebre mancheta, subestimó la capacidad técnica local con una frase que quedó grabada en el imaginario regional: «Esa colada es mucho camisón pa’ Petra».
Del pluralismo del pasado al ensañamiento del presente
Sin embargo, a pesar de aquellos inicios conflictivos, la industria del acero logró consolidarse gracias al respeto profesional, una realidad que hoy se extraña. Bulmaro Ramos, exdirectivo del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y Sus Similares (SUTISS), recuerda que la izquierda posterior supo hacer vida y gerenciar en Guayana sin las cadenas de la persecución política.
Según Ramos, el Movimiento Sucre —de clara tendencia izquierdista— copó la escena laboral y técnica durante las décadas de los 70, 80 y 90.
«A sus miembros, que llegaron a ocupar altos cargos gerenciales, nunca se les exigió un carnet del partido de gobierno para trabajar, ni fueron perseguidos. Por el contrario, se les reconoció su profesionalismo», evoca el dirigente sindical, contrastando la meritocracia de la llamada Cuarta República con el panorama actual.
La mirada de Ramos sobre el presente de la acería es sumamente crítica. A su juicio, el colapso y la situación actual de la empresa bajo el modelo del denominado Socialismo del Siglo XXI no es un accidente, sino el resultado de una doctrina hostil hacia el aparato productivo.
«Lamentablemente, en esta fase del socialismo del siglo XXI ocurrió un ensañamiento en contra de la Siderúrgica del Orinoco; quizás son las herencias atávicas incrustadas en los genes de estos nuevos revolucionarios», lamentó Ramos, señalando que los vicios del sectarismo del pasado regresaron con mayor fuerza.
Al cumplir un año más de aquella hazaña de ingeniería que demostró que la colada de acero no le quedaba grande al talento nacional, el exdirectivo de SUTISS resume el paralelismo entre la empresa y la realidad nacional con una sentencia firme: «Definitivamente, SIDOR es una muestra del país».






