Esta histórica ciudad llamada Cumaná no es cualquier suelo. No solo es la primogénita del continente americano, es tierra de gracia y bendecida por Dios en un rinconcito del oriente venezolano. Ella nació bajo el idilio de una naturaleza generosa. Su nombre es un cordón umbilical qué nos ata a la raíz profunda de nuestros antepasados aborígenes. Ellos la llamaban «Tierra de frijoles», un suelo de fertilidad infinita, surcado por venas de agua cristalina, huertos frondosos y árboles frutales que arrullaron a una población laboriosa.
Durante siglos, el paisaje cumanés fue un lienzo verde, un ambiente de frescura entre la brisa marina y la sombra protectora de su flora. Hoy, desafortunadamente, esa estampa histórica es solo el eco de una nostalgia flagelada. Nuestra ciudad se marchita a paso acelerado, transformada en un desierto gris que avanza sin piedad. Esa metamorfosis no es un capricho del clima, sino es el hachazo de unas autoridades ciegas ante la belleza, insensibles al dolor de la tierra y entregadas al lucro.
El ecocidio reciente fue la tala de árboles centenarios en la Plaza Vargas, una puñalada en el corazón de nuestra memoria colectiva. Resulta imposible esconder, tras la caída de esos frondosos y vestutos apamates que por años tejieron techos de sombra y oxígeno, el rastro de oscuros negocios de madera. Se aniquila el pulmón vegetal de la ciudad para alimentar ambiciones lucrativa, dejando a la comunidad expuesta ante un sol inclemente que calcina el asfalto.
La mayor condena recae sobre las autoridades regionales y, particularmente, sobre el propio burgomaestre de Cumaná. Resulta un trago amargo recordar que fue mi estudiante en las aulas de la Universidad de Oriente, un templo del saber para crear conciencia, ética y amor por el desarrollo de nuestra región; fueron lecciones que quedaron naúfragas en el olvido. Más grave aún es que antes de asumir la alcaldía, ocupó la Dirección de la Oficina Regional del Ministerio del Ambiente (o bautizado por la revolución como Ecosocialismo). He allí la paradoja del asunto. Quien debió ser el guardián de nuestro ecosistema, hoy dirige la deforestación de la ciudad.
Ante este dantesco ambiente es urgente salir del letargo. Llamamos a la conciencia crítica del pueblo cumanés a no contemplar con los brazos cruzados cómo decapitan nuestro entorno natural. Esta agresión contra el verdor de nuestras calles avanza a la par de otra crisis dramática: la escasez hidrica reflejada en el colapso del embalse Turimiquire. De manera que a Cumaná la están dejando sin árboles y sin agua, mientras intentan adormecer la conciencia colectiva con propaganda oficial. Es la sombra de Berruecos que sigue mostrándose frente a nuestros ojos.
Reaccionar ante la devastación de nuestro suelo, la escasez de agua y exigir la rendición de cuentas de quienes gobiernan es el único camino para evitar que la cuna Antonio José de Sucre, el Abel de América, termine convertida en un suelo estéril e inhabitable. Decía este hijo ilustre de Cumaná que el fin de la lucha era asegurar la felicidad y existencia de los ciudadanos. Hoy esa existencia esta amenazada por la sed y el concreto. Cuidar el agua que nos da el Turimiquire y proteger cada árbol de nuestra amada Cumaná es rescatar la fertilidad de esa originaria «tierra de frijoles» antes de que la desidia oficial la convierta en polvo.






