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De los escombros a la esperanza: el renacer de Ana Karina tras los terremotos

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La mayor preocupación de Ana Karina es la alimentación de sus hijos y los gastos por las terapias

El sueño más anhelado de Ana Karina es volver a caminar. El doblete sísmico que sacudió a varios estados del país el pasado 24 de junio, la sacó de un solo empujón de la fosa en que estaba enterrada emocionalmente.

Ana Karina Díaz Sánchez tiene 37 años. Es una mujer emprendedora desde muy joven y madre de dos niños. Viven en una casa que compró con el esfuerzo de su trabajo hace unos años. Su hogar está ubicado en el sector El Esfuerzo del kilómetro 4 en Tucacas, municipio Silva del estado Falcón.

Una caída que le cambió la vida

La casa tenía una platabanda y un terreno grande para seguir construyendo. Hace unos años, Ana Karina estaba limpiando sobre el techo, pero este cedió y su pie quedó atrapado, por lo que no pudo salir corriendo. Tras el accidente, lastimosamente quedó en silla de ruedas. Durante un año estuvo hospitalizada en varios centros de salud de Falcón, Yaracuy y Carabobo, donde finalmente operaron con la esperanza de volver a caminar.

La economía familiar cayó en picada luego del accidente de Ana Karina, quien era el sostén de la casa. Su familia la ayudaba a paliar de alguna manera la situación. Reconoce que estuvo hundida en una profunda tristeza, se alejó de las personas y no se dejaba ayudar.

La casa de Ana Karina tiene parte del techo gracias a la solidaridad de los habitantes del municipio Silva

El sacudón de los terremotos

El 24 de junio, Ana Karina estaba en su casa, en la parte que había quedado con techo. Sabía que estaba en mal estado, pero nunca se imaginó que la Tierra temblaría.

Cuando empezó el bamboleo telúrico, estaba con su hijo menor en el cuarto. “Lo que pensé fue ‘Dios mío, me voy a morir aplastada por el techo, no puede ser que me vuelva a pasar’. Y mi hijo, sin saber lo que pasaba, solo sentía que se movía el piso, me arrastró hasta que mi papá me sacó”.

Una vez más, Ana Karina vio cómo su casa se derrumbaba poco a poco. Las réplicas que se registraron los días siguientes a los terremotos terminaron de tumbar lo que quedaba del techo. Su papá se las ingenió para improvisar un refugio con latas, palos y sabanas, en el mismo terreno de la casa. Allí pasaban el día para no entrar a la vivienda y evitar el riesgo de morir aplastados.

“Un mes me quedé en ese refugio, porque me daba miedo entrar a mi propia casa. En cada réplica, uno quiere salir corriendo, pero como lo hacía yo si estoy en una silla de ruedas. Entonces me quedé ahí y cuando pasaban las réplicas, solo abrazaba a mis hijos con la esperanza de que todo fuera rápido”, recuerda.

La solidaridad del venezolano

Los primeros días de agosto fue que regresó a su cuarto, gracias a la ayuda del dueño de la Ferretería Dannys, ubicada en la misma comunidad, y que le donó parte del techo. Una amiga, que está fuera del país, le donó lo que faltaba de la estructura de la casa.

Con ayuda de la Fundación Manos Amigas, la cual funciona en el municipio Silva y es operada por los habitantes de las diferentes comunidades de esa jurisdicción, y bajo la coordinación de la abogada Cruz Elena Maduro Trosell, el material fue descargado en su casa. Instalaron el techo de zinc y también la ayudaron con alimentos, ropa e insumos.

Con la tragedia, Ana Karina entendió que está bien pedir ayuda. La gente del pueblo se abocó a buscar soluciones para ella y su pequeña familia. Recibió apoyo de amigos que ignoraban su condición de salud, porque Ana Karina había decidido encerrarse en su propia pena.

Su mayor meta en este momento es volver a caminar. Cada semana debe trasladarse al estado Carabobo a recibir terapias, pero es un gasto muy grande que no puede cubrir sola. Su diagnóstico medico es alentador, pues le han dicho que puede volver a caminar, siempre y cuando cumpla con los tratamientos.

Gracias al acompañamiento que ha tenido en el último mes, sobre todo de sus familiares, amigos y organizaciones no gubernamentales como la Fundación Manos Amigas, Ana Karina siente que puede reír otra vez, pero que también puede llorar porque sabe que habrá alguien que ofrecerá su hombro donde enjuagar sus lágrimas.

Siempre hacia adelante

Ana Karina hoy recorre Tucacas en compañía de sus hijos y su papá para vender productos como natas, una crema a base de leche que se consume mucho en la zona. “Salgo a vender lo que pueda, no me quedo aquí esperando. Siempre he sido una mujer trabajadora y no dejaré de hacerlo”, dice entre lágrimas.

Lo que más le preocupa es la alimentación de sus hijos y las terapias, pues no quiere abandonar el tratamiento médico. Su deseo más grande es volver a caminar y sabe que lo puede lograr.

LA PATILLA

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