Hay un interesante texto de James Robinson y Daron Acemoglu, titulado «El pasillo estrecho» que nos ofrece uno de los marcos conceptuales más precisos para entender el funcionamiento del Estado y su relación con la sociedad. Es una dinámica envuelta de tensiones e intereses que, dependiendo de la correlación de fuerza, puede derivar en un Estado capaz de cumplir con las tareas encomendadas por el orden constitucional o, por el contrario, convertirse en una maquinaria institucional despótica, corrupta y promotora de niveles de pobreza e injusticia social.
Para ambos autores la libertad y la prosperidad de la civilización occidental no surgen de un «contrato social pacífico» ni de una legislación acabada, sino de un «pasillo estrecho» donde el poder del Estado y el de la sociedad se contrarrestan mutuamente. En esa tensión se requiere un Estado con capacidad institucional para monopolizar legítimamente la violencia, resolver conflictos de forma justa, hacer cumplir las leyes y proveer servicios públicos óptimos. Simultáneamente, se necesita una sociedad activa, vigilante y organizada mediante normas sociales, sindicatos, prensa libre o elecciones transparentes.
La idea es que esa sociedad controle al Estado, evitando que abuse de su poder y se vuelva despótico. El pasillo es dinámico, semejante al de _Alicia en el país de las maravillas_, donde debe correrse lo más rápido posible para quedar en el mismo lugar. De manera que el Estado y la sociedad deben correr a la par y fortalecerse mutuamente. Si el primero adquiere más poder para regular una economía compleja, la sociedad debe desarrollar mayores herramientas de fiscalización para no ser sometida.
Cuando el Estado y la sociedad no logran entrar o se desvían del pasillo, pueden derivar en tres situaciones alternas: el leviatán despótico, el leviatán de papel y el leviatán ausente






