¡Ah, malaya, sigue retumbando el poderoso grito de Guachirongo! Sí, queridos lectores, ese vivaz personaje de Julio Garmendia recorre las calles con sus harapos, piel grasienta y greñas sueltas que le llegan a las orejas y le tapan los ojos. Está en cada rincón de nuestras ciudades “afligido de toda miseria y acompañado de algunos perros tan hambrientos y miserables como el mismo”, tal como lo describió con su aquilatada pluma el afamado cuentista venezolano.
Guachirongo baila entre las nubes. Muestra sus afilados colmillos y lanza un grito tan fuerte como un trueno que hiela la sangre. Baila en medio de la muchedumbre a cambio de mísero dinero que le arrojan los más avezados curiosos que se deleitan con su mojiganga. La gente le pide a rabiar: ¡Un grito, Guachirongo! Enseguida el personaje suelta su voz estruendosa que retumba en el amplio horizonte. Es la señal del homo sapiens hundido entre lo festivo y la miseria en un país sacudido por el fantasma del oscurantismo.
Entre el sol inclemente o la lluvia tenaz que abraza cada rincón de Venezuela las andanzas de Guachirongo siguen vivas y hablan en medio de la quietud impuesta desde palaciegas. Sus gritos se oyen por doquier. Su baile, entre burlas de los presentes, tienen un gran significado literario en medio del país despedazado moral y económicamente. El escenario danzantes de este personaje es la gasolinera donde se hacen largas colas de vehículos, el mercado donde se siente el malestar de los compradores ante los precios desorbitantes de alimentos y hasta en los hogares donde la angustia se refleja en el rostro por el hambre, la miseria, la falta de agua y los apagones eléctricos.
Pero el grito de Guachirongo esconde una realidad que no queremos ver, pero nos toca en carne viva. Ya no lo hace bailando en las calles coloniales a mediados del siglo pasado, sino en las avenidas oscuras por los constantes apagones. Ni baila por unas pocas monedas de plata sino por billetes devaluados que ya nadie acepta o, lo más dramático, por un pedazo de pan ante la ausencia de un producto de la bolsa CLAP.
Para completar el dantesco cuadro, la muchedumbre que antes se reía de él comparte sus mismas vivencias, como si se tratara de un teatro surrealista proyectado a lo largo y ancho de un país, el cual intenta sacudirse de ese mundo fantasmal con un tutelaje sobrevenido desde la Casa Blanca. Se observan transeúntes masilentos, desgastados y angustiados como si fueran “indigentes de la urbe” tratando de sobrevir de la vorágine política y económica.
Guachirongo sigue danzando y gritando por los auyantepuyes de la Gran Sabana, el casco colonial de Coro, los atardeceres crepusculares de Barquisimeto, las Torres del Silencio en Caracas, las cordilleras andinas, la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en Maracaibo, el Fortín de La Galera en Pampatar o las riberas del Manzanares en Cumaná. Sus ojos tapados por las greñas simbolizan a una sociedad que no quiere ver su propia miseria. Mientras que su voz estruendosa es una especie de supervivencia y lucidez ante el caos nacional. Ojalá que su “locura” se convierta en una señal clara de cambios a corto plazo porque encierra una verdad que los cuerdos ignoran o callan por temor.






