Chelo Camacho
El camino hasta las torres obliga a cubrirse la nariz. Ya no huele a cadáver, como en los primeros días, pero la tierra en suspensión de cientos de toneladas de cemento molido se clava en la garganta y los lagrimales. El sol empieza a ceder y es entonces cuando llegan los zancudos, en manada, a morder la piel sudada y sucia. Los picos continúan golpeando el cemento tres meses después y los pitidos de las excavadoras dando marcha atrás son insoportables cuando suenan todos a la vez. La gente ya no grita de dolor. Como mucho, se oyen órdenes de un militar y alguien que alerta de que ha encontrado una calavera, inalcanzable todavía entre dos placas de concreto. Y ahí, en lo alto de una torre partida en dos, a la altura del sexto piso, con el cielo rosa al fondo, surge una figura que parece una gacela, con su celular siempre en la mano. Es Wallesca Pérez, de 23 años, a la que todos en esa esquina llaman La Flaca.
Por María Martín / Florantonia Singer / elpais.com
Estamos en La Guaira, el litoral caribeño de Venezuela, a 40 minutos de Caracas, entre las ruinas de uno de los complejos de torres que el doble terremoto del 24 de junio hizo caer en apenas unos segundos. Han pasado ya más de 90 días y muchas cosas se ven diferentes. Ahora hay militares, bomberos y empleados públicos sacando escombros, máquinas demoliendo y retirando cascotes. Hay parcelas totalmente limpias —se han retirado ya una de las tres toneladas de escombros que hay que quitar—, negocios que reabren, más de 740 familias a las que se les ha entregado una nueva casa o a las que se ha ayudado a comprar o alquilar otra. Pero también miles de ellas que siguen en el limbo bajo tiendas de campaña y decenas de edificios vacíos parados en aquella tarde de junio, con alguna ventana todavía con una luz encendida. Y cientos de cadáveres que siguen atrapados bajo toneladas de concreto.
En esa esquina donde vivía La Flaca, aún buscan a decenas de vecinos, entre ellos a una treintena de niños a los que sepultaron las torres mientras jugaban un partido de fútbol. El día 76 llegó por fin la grúa telescópica que pidieron durante más de dos meses, la que levanta losas de varias toneladas, la que logró alcanzar lo que quedaba de su apartamento: un sexto piso reducido a dos placas de cemento teñidas de negro.
La Flaca, madre de una bebé de 20 meses a la que apenas ha visto desde junio, escaló esperando encontrar el cuerpo de su padre. No estaba. Tampoco encontró fotos, ni ropa, solo una muñeca con la mitad del cuerpo chamuscado. Todo se quemó. Es una de las pocas veces que se la ve golpeada. Tanto, que esta vez es su propia madre —que lleva tres meses mirando al infinito desde un sofá plantado en la esquina del edificio— la que tiene que recomponerse para consolarla a ella. “Mi padre era mi mundo y no voy a parar hasta encontrarlo”, dice. La adrenalina de la búsqueda es lo que la mantiene de pie. Cuando encuentre a su papá, cuando pueda comenzar el luto, su mundo se parará.
—Nosotros no estamos viviendo, nosotros estamos sobreviviendo.
Las manos rotas
Tres pisos más abajo de La Flaca, Eilen Solano, de 30 años, criaba a sus tres hijos. El 24 de junio ella no estaba en casa. Había salido con su hija mayor y su hermana a celebrar la fiesta de San Juan, dejando a su madre y su padrastro en la torre al cuidado de sus otros dos hijos. Cuando el temblor la sorprendió en la calle, agarró a su hermana de un brazo y a su hija del otro y aguantó de pie mientras todo se movía “como una tabla de surf”. Volvieron caminando y encontraron su edificio en el suelo, en llamas. Su padrastro no salió. A su madre la sacaron con vida 24 horas después, a mano, sin herramientas. Su marido, albañil, rompió el concreto a golpes hasta abrirse paso. “Se partió las manos haciéndolo”, recuerda Solano, a quien todos llaman La Negra. El hombre acabó sacando a otras 11 personas. Él solo.
A “la alegría de la casa”, de solo 12 años, tardaron un mes en encontrarla, atrapada entre dos paredes. Y Solano todavía busca a su hijo Yoniel, de 11 años, uno de los niños a los que la torre cayó encima mientras jugaban en la cancha. Desde entonces no ha dejado de cavar: el marido llega a las torres a las seis de la tarde y se va al amanecer; ella toma el relevo. “Si no hago guardia a todas horas, la máquina se lleva lo que sea que encuentre”, advierte. Solano, cubierta de polvo e inmersa en una tragedia inimaginable, no se quiebra ni una sola vez: “Siento que si Dios permitió ponerme esto sobre los hombros es porque sabe que yo puedo”.
La Flaca no solo necesita levantar cascotes: necesita que su esquina no se detenga, que los trabajadores no se vayan, que su edificio siga apareciendo en las redes. “A nosotros nos ha tocado no solamente convertirnos en obreros, en ingenieros y aprender a hacer de todo, sino que hemos tenido que pelear para que no nos recojan esto, porque donde otros creen que la zona es una amenaza es donde nosotros todavía tenemos nuestros cuerpos”, cuenta. “Nuestros vecinos son familia y no nos iremos de aquí hasta que se saque a todos”.
—¿Cuándo llegó la ayuda del Estado?
—Después del mes y cinco días.
Por fin aparece una furgoneta con comida y La Flaca se pone firme para que los suyos —un ejército de voluntarios y funcionarios públicos— tengan algo que llevarse a la boca. Cada día pelea con una decena de personas que, tras perderlo todo, acuden a esa esquina a pedir comida. Pero no hay para todos, ni siquiera para ella, que muchos días se queda sin comer. Los bomberos enviados desde otros Estados trabajan el día entero con una arepa en el estómago. Ahora, el Gobierno se ocupa de sus sueldos y el alquiler de la maquinaria, pero la comida y el agua dependen, al menos ahí, de la caridad de los venezolanos.
El doble terremoto sacudió Venezuela cuando estaban a punto de cumplirse los seis meses de la captura de Nicolás Maduro. Expuso, en tiempo real y ante el mundo, todas las grietas del modelo chavista. La inmensidad de la tragedia —pero también los recortes acumulados y la ineficiencia— mermó la capacidad de respuesta y dejó a miles de víctimas durante días a su propia suerte. Delcy Rodríguez acudió entonces a la comunidad internacional y aseguró que la respuesta del Estado fue inmediata, pero las víctimas aún le reprochan que el caos y la falta de medios marcaran las primeras semanas de la emergencia.
LA PATILLA






