A principios de marzo, mientras el presidente Trump disfrutaba del éxito de una intervención militar en Venezuela, se reunió con el secretario del Interior, Doug Burgum, en el Ala Oeste para una celebración privada. También asistió un empresario, quien llevó consigo una partida de oro
Por Anatoly Kurmanaev / Tyler Pager / Rebecca R. Ruiz / nytimes.com
El presidente observó con aprobación las 10 barras de oro venezolano apiladas en la Sala Roosevelt, frente al Despacho Oval, según recordaron funcionarios de la Casa Blanca. Sus ayudantes tomaron fotografías y bromearon sobre quedarse con el oro.
El propio Trump había vetado anteriormente el oro venezolano, declarando que destruía el medio ambiente, envenenaba a la población y financiaba a delincuentes y a militares corruptos. Sin embargo, tras derrocar al presidente venezolano Nicolás Maduro, su postura cambió.
El mismo día en que las barras llegaron a la Casa Blanca, el gobierno de Trump emitió una nueva política que permitía a los comerciantes importar oro venezolano procedente de una de las regiones mineras más violentas y corruptas del mundo. Los primeros suministros provendrían de una empresa minera estatal que seguía figurando en la lista de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos.
«Por lo general, hay que participar en los Juegos Olímpicos para traer el oro a casa», comentó más tarde Burgum en una conferencia sobre energía, relatando a los asistentes cómo había abierto la vía para la importación de oro venezolano.
El acuerdo comercial sobre el oro ejemplificaba cómo Trump aprovechó la caída de Maduro para tomar el control de los recursos de Venezuela. Primero, asumió el control de las exportaciones petroleras del país; posteriormente, su administración puso la mira en la riqueza mineral venezolana.
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