En su filosofía del absurdo, Albert Camus retrata la fragilidad existencial del ser humano. Es un alma despojada de certezas metafísica, producto de promesas incumplidas. El individuo experimenta una profunda alienación y precariedad interior al ser consciente de que el universo no ofrece respuestas ni significados automáticos a su vivencia cotidiana.
Esta concepción del autor francés, de origen argelino, nos permite comprender el desaliento ciudadano frente a la incertidumbre política reinante. Es un quiebre de legitimidad interna ante instituciones que no funcionan y la falta de soluciones a los urgentes problemas de la vida diaria. Esta fragilidad espiritual se manifiesta en un desapego crónico de lo público, un fenómeno de alienación que se extiende a todo el tejido social por las ofertas engañosas de los gobernantes y de la dirigencia politica.
Cuando la retórica electoral se aleja sistemáticamente de la acción pública, el pacto social se debilita, convirtiendo la expectativa democrática en una profunda apatía de los ciudadanos. Éstos se consideran burlados y tratan de aislarse del espacio público. Este vacío de representatividad deriva en una grave crisis de la democracia como forma de organización social.
Al percibir que sus expectativas noo han sido cumplidas, el individuo se repliega y, de manera inconsciente, asume una dimisión de su rol ciudadano, dejando que otros decidan su destino. Esa precariedad del alma, traducida en desesperanza y anomia social, opera como un mecanismo de control social. Pues, una ciudadanía desmoviluzada es una masa dócil y objeto de manipulación.
Tal como lo advirtió Hannah Arendt, un estado de despolitizacion de la gente permite que se den las condiciones para que surjan líderes encantadores y con rasgos totalitarios. Las estructuras de poder, claramente jerarquizadas, van permeando los espacios del individuo hasta ejercer el control socia






