Cotidianamente el sujeto vive encadenado en una prisión invisible cuyo carcelero es la opinión pública. Es un mundo interno donde el miedo interno silencia la verdad para buscar la aprobación del entorno. Este fantasma recorre la mente humana y subyuga al individuo a la condición de masa, impidiéndole alcanzar la ansiada libertad. En la perspectiva de Ortega y Gasset nos encontramos frente a un individuo que carece de un proyecto de vida propio, que evita opinar con autonomía para no ser triturado por el molino colectivo o las burlas de los necios. Es un «yo inalienable» que le impide expresarse ante los demás.
Al renunciar a la dificultad de pensar por si mismo y expresarse con autenticidad pierde su esencia. Su miedo interno lo lleva a asimilarse a la muchedumbre para anular la ansiedad que le produce la verdadera libertad, ese maravilloso despliegue del potencial intelectual que irradia luz a la sociedad y que causa incomodidad a los poderosos. La libertad, en términos orteguianos, consiste en la autenticidad del sujeto, en ese coraje de asumir su propia voz y sostener sus convicciones frente a la mirada censora de los demás. De esa manera se despoja de la necesidad neurótica de aprobación.
Ortega y Gasset va más allá. El problema de una sociedad pasiva y controlada por los poderosos radica en la actitud del individuo ante la vida. El sujeto que busca desesperadamente la aprobación ajena es el «hombre-masa», aquel que prefiere el confort del rebaño. Es el que se siente como todo el mundo, padece y sufre todas las vicisitudes y, sin embargo, no se angustia, prefiere callar, para sentirse idéntico a los demás. Es allí cuando el autor denuncia uno de los peores enemigos de la humanidad: el imperio de la vulgaridad y el hermetismo intelectual. Es un estado donde el hombre-masa lleva ideas sueltas en la cabeza, carece de la facultad de pensar y sostener sus ideas. No le interesa debatir y, simplemente, busca imponer su opinión atropellando o burlándose del otro.
En el plano político, lo expuesto por el pensamiento orteguiano, se llama «la razón de la sin razón». El entorno masificado o el colectivo se traduce en una especie de «hiperdemocracia» donde la masa actúa directamente aplastando todo lo que sea diferente, excelente o crítico. Por lo tanto quien disienta es perseguido y excluido. El autor nos permite ver cómo las estructuras hipertrofiadas y controladas por las élites devoran la espontaneidad del individuo. El culto al dirigente es el mecanismo perfecto para que el hombre-masa se quite la pesada carga (una responsabilidad inmensa) de elegir y pensar. Al arrodillarse silenciosamente o alabar al dirigente, el militante se despija de sus obligaciones intelectuales, de su capacidad creativa, reflexiva y crítica, para permitir que todo siga igual o peor. Al final, las élites burocráticas perfeccionan ese continuismo ciego para erradicar cualquier acción creadora del pensamiento individual y asegurar su permanencia en el poder.
Frente a esos fantasmas que invaden al hombre-masa es necesario el vuelo hacia la infinitud por parte de la minoría creadora. Ortega y Gasset prefiera hablar del hombre selecto, quien no es el que se cree superior a los demás, sino el que se exige a si mismo, reinventa con su pensamiento y acciones y asume retos sin importarle los riesgos. Es el que se atreve a romper el silencio con su voz y explaya sus ideas, tanto de manera oral o por escrito, para cambiar el estado de inacción y dogmatismo que se presenta en la vida cotidiana. Es ese vuelo hacia la infinitud que se expresa en la voz que se revela contra las verdades impuestas y rompe el estancamiento social. La libertad es, en última instancia, la responsabilidad intelectual o el acto de pensar por cuenta propia para develar lo que ocurre y producir cambios significativos en el sujeto y en la misma sociedad.






