Las trayectorias de ambos líderes tras sus respectivos reveses electorales son calcadas. Jair Bolsonaro, el hasta ahora candidato perdedor de Brasil, cimentó su estructura de poder sobre los sectores evangélicos más fanatizados y un rancio militarismo que añoraba los años de la dictadura. Cuando las urnas electrónicas brasileñas hablaron, su respuesta no fue la aceptación, sino la siembra sistemática de la sospecha, un guión que culminó en el asalto a los tres poderes en Brasilia. En el gigante amazónico, afortunadamente, no triunfó el totalitarismo dogmático de una facción, sino la pluralidad política de una sociedad que se negó a capitular.
Al otro lado del continente, Nicolás Maduro ejecuta una partitura idéntica, pero con un control institucional absoluto. Según las actas electorales conocidas y publicadas por la oposición tras los comicios de 2024, el heredero del chavismo es el claro perdedor de las elecciones. Su respuesta ante la evidencia física y matemática ha sido la profundización de la autocracia: represión, persecución judicial y la negación de la realidad. Si Bolsonaro instrumentaliza la fe y los cuarteles, Maduro ha convertido al Estado venezolano en un cuartel en sí mismo, donde la voluntad popular es un estorbo prescindible.
Si algo requiere la democracia para sobrevivir no son discursos incendiarios ni promesas de redención universal. Requiere, fundamentalmente, tres pilares mundanos pero imprescindibles: transparencia administrativa, elecciones verdaderamente libres y una estricta separación de poderes.
Es precisamente en este tablero donde la figura de Luiz Inácio Lula da Silva emerge no solo como el antagonista de Bolsonaro, sino como una antítesis viviente de Maduro. Lula ha dado una auténtica clase de pragmatismo y resiliencia democrática a todo el continente. Entendió que gobernar no es aplastar al disidente, sino administrar la complejidad de un país fracturado. Mientras Maduro y sus corifeos han conducido a Venezuela a una catástrofe económica sin precedentes históricos en la región provocando el mayor éxodo humano del hemisferio, Lula ha vuelto a encarrilar a Brasil en la senda de una economía exitosa, atractiva para la inversión y con un fuerte enfoque de cohesión social.
El contraste es demoledor. La verdadera línea divisoria en América Latina ya no pasa por el eje capitalismo-socialismo, sino por la frontera que divide a los demócratas de los autócratas. Bolsonaro y Maduro habitan el mismo ecosistema del caudillismo mesiánico. La lección de Brasil es que las instituciones, cuando se mantienen firmes, pueden contener el virus del totalitarismo. La tragedia de Venezuela es el espejo de lo que ocurre cuando esas instituciones son devoradas por el poder. Corresponde al resto del continente decidir en qué espejo prefiere mirarse.
Notas a pie de página: La retórica del régimen madurista contra Lula, debería ser tomada en cuenta para conocer cómo desde su génesis Maduro siempre se apuntaló en el totalitarismo, recordemos.
1. Antes de las elecciones presidenciales en Venezuela, Lula criticó las declaraciones de Maduro sobre un posible «baño de sangre» si perdía, recordando que «cuando ganas, te quedas, y cuando pierdes, te vas». Maduro respondió «aconsejando» que se tomara un «té de manzanilla».
2. El veto en los BRICS. Brasil (a través de su Cancillería, Itamaraty) bloqueó el ingreso de Venezuela como país asociado al bloque de los BRICS en la cumbre de Kazán, argumentando la falta de transparencia en el proceso electoral venezolano.
3. Durante una entrevista en el canal venezolano Globovisión, Tarek Willian Saab afirmó que parte de la izquierda latinoamericana había sido «captada» por la CIA y los EE.UU. Señaló directamente a Lula da Silva (y también al presidente de Chile, Gabriel Boric) como portavoces de dicha agencia.






