Las tragedias de enorme magnitud como la que hoy atribula al pueblo venezolano son las que se encargan de recordarnos que el centro de todas las acciones, todas las preocupaciones y desvelos deben estar centrados en el ser humano, no solamente en horas tan críticas como las que nos abruman, sino como eje permanente de las políticas que en todo tiempo y lugar debe desarrollar el Estado en busca del bien colectivo.
Los gobiernos, las fuerzas políticas que a través de ellos se expresan cuando ejercen el poder no deberían olvidar que por encima de las banderías políticas e intereses parciales hay un pueblo cuyo ser identitario descansa sobre la base de una historia ancestral, cultura y tradiciones, una comunidad espiritual que es una de las primeras en ser vulneradas cuando las posiciones se radicalizan en grado extremo y la polarización se convierte en el rasgo característico de una sociedad que ha visto cerrarse, cada vez más, las posibilidades de consenso.
Pero no hay sentido de pertenencia y hermandad que pueda ser borrado por la agitación de los odios, la división y el sectarismo. Y en horas de profundo pesar y del dolor que desgarra a tantos y tantos hogares, emerge como una flor victoriosa entre nosotros, la comunión de la gran familia venezolana impulsando las más generosas expresiones de solidaridad y sacrificio.
Desde el momento en que quedamos bajo el impacto del fenómeno telúrico de proporciones pocas veces vistas en cualquier parte del mundo –nada menos que dos terremotos continuos– el sentimiento ha estado con los centenares de seres humanos que quedaron con vida bajo los escombros de más de cien edificaciones que colapsaron, principalmente en el litoral central, Caracas, y aunque menos también en estados como Aragua y Falcón.
La tragedia sobrepasa en mucho las posibilidades del Estado de atender con la urgencia del caso tantas situaciones críticas donde la carrera es contra el tiempo. Lograr extraer a los sobrevivientes antes de que sus lesiones, la sed o la inanición les ocasione la muerte.
Al profundo dolor de los familiares, amigos, compañeros de toda una vida perdidos se agrega el infortunio de miles y de familias que han quedado sin vivienda, en un país donde tener un inmueble propio se transformó en una utopía.
Esta catástrofe generada por la naturaleza ha venido a ensañarse sobre un pueblo que arrastra más de dos décadas de un declive, primero gradual y luego vertiginoso de las condiciones de vida de su población. La capacidad de asistencia médico-quirúrgica en el día a día de la nación es inmensamente precaria en medio de tan grande desgracia.
En lo inmediato poco podemos prever, como no sea un agravamiento de la situación nacional, de más dificultades económicas y de la necesidad de planes de contingencia a corto, mediano y largo plazo que por lo pronto tendrán que ser acometidos por un régimen que no goza ni de la confianza ni del respaldo de la inmensa mayoría de la población.
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Se abre una amplia franja para la incertidumbre en todos los órdenes porque ciertamente las repercusiones van a sentirse en todos los quehaceres humano, incluso es dable suponer que también en lo político.
Muchos países, independientemente del signo político de sus gobiernos, han volcado con inmediatez y generosidad sus auxilios sobre nuestra población. Rescatistas, apoyo médico con capacidad quirúrgica, hospitales de campaña, purificadores de agua, maquinarias especializadas están llegando a Venezuela para socorrer a nuestros hermanos y ello tendrá un agradecimiento eterno del pueblo venezolano.
Millones vivimos momentos aterradores cuando parecía que la naturaleza no iba a cesar en su furia desatada. Fueron segundos interminables en medio de las polvaredas y el del temor de quedar atrapados bajo techos y paredes que parecían desplomarse.
La tragedia tiene una particularidad. Sus efectos ha dejado un rastro en el entorno hogareño de quienes hemos salido mejor librados: una grieta en la pared, la pérdida de bienes o recuerdos muy queridos prolongarán en la cotidianidad la presencia de la tragedia.
Al revivir aquellos instantes donde el pánico cundía a nuestro alrededor, es justo dedicar un pensamiento de solidaridad hacia aquellos que han vivido momentos similares o los están viviendo en países del orbe, pero por los conflictos bélicos.
La diferencia está en que la clemencia de la naturaleza en algún momento llega. Los que sufren quienes indefensos están sometidos a bombardeos y metralla dirigidos por la mano del hombre cuentan con menos piedad que la de la furia desatada de la naturaleza. Qué triste y doloroso para la humanidad.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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